Capitalismo, voluntad de poder y plataformas digitales

Ignasi Brunet Icart

Universitat Rovira i Virgili

Ignasi.brunet@urv.cat

Resumen. El propósito de este artículo es ofrecer una reflexión geopolítica sobre el capitalismo, el poder y las plataformas digitales en el contexto de la civilización occidental, caracterizada por el dominio tecnológico y su influencia en la hegemonía global. Esta hegemonía se manifiesta en la estrecha relación entre la economía real y los mercados financieros desde la década de 1980, en la expansión del capital financiero a escala mundial, en el control ejercido por las plataformas digitales y en las intervenciones militares asociadas. Paralelamente, se observa una creciente polarización y la proliferación de discursos de odio en la geopolítica global, que se expresan a través de actores diversos, desde francotiradores y el DAESH hasta figuras como Donald Trump. Esta geopolítica no se configura como una secuencia lineal de causas y efectos, ni como una mera exaltación del poder, sino que se desarrolla mediante luchas de poder marcadas por el enfrentamiento, la historia de los contrapoderes, la rebeldía y el non serviam. En este marco, las fronteras entre violencia y libertad se difuminan, lo que refuerza la hipótesis de que toda civilización, artificial o no, implica dominio, militarización y guerra. Internet, surgida del entorno informático-militar, junto con el retorno constante de las guerras comerciales entre Estados, constituyen elementos clave en esta dinámica.

Palabras clave: Capitalismo; digitalización; algoritmo; guerra; conflicto.

Capitalism, will to power, and digital platforms

Abstract. This article offers a geopolitical reflection on capitalism, power, and digital platforms within Western civilization, marked by technological dominance and its role in shaping global hegemony. This hegemony is evident in the close ties between the real economy and financial markets since the 1980s, the global expansion of financial capital, the control exerted by digital platforms, and the accompanying military interventions. At the same time, global geopolitics reveals increasing polarization and the spread of hate-driven narratives, embodied by actors ranging from snipers and the DAESH to figures such as Donald Trump. Rather than unfolding as a linear sequence of causes and effects or a mere glorification of power, this geopolitical landscape is shaped by power struggles rooted in confrontation, counter-histories, rebellion, and the ethos of non serviam. Within this framework, the boundaries between violence and freedom become blurred, reinforcing the hypothesis that every civilization—artificial or otherwise—is inherently tied to domination, militarization, and warfare. The origins of the internet in military-informatic contexts, along with the persistent recurrence of trade wars between states, are key elements in this dynamic.

Keywords: Capitalism; digitalization; algorithm; war; conflict.

1. Introducción

La historia de Occidente constituye una historia en la que se han inventado sistemas de dominación de extrema racionalidad, como el sistema político y económico que reposa sobre conceptos fetiche como producción, fundamentalismo de mercado, desarrollo sostenible y decrecimiento. Estos constructos, derivados de pactos sociales universalizados, han dado lugar a dinámicas de extracción, explotación, expolio, privatización y mercantilización de recursos, así como a una creciente polarización social y territorial, y al deterioro ecológico. Este sistema se articula en torno a una serie de no-conceptos y términos fetiche, junto con sus correlatos institucionales, en forma de modelos económicos y políticos convencionales (socialismo, socialdemocracia, neoliberalismo…), que emplean conceptos vacíos incapaces de propiciar un cambio civilizatorio o de frenar la inexorable Sexta Gran Extinción. En lugar de concebir la historia como una sucesión de modos de producción, este enfoque propone entenderla como una sucesión de modos de dominación (Naredo, 2015), donde el poder no reside en una ciudadela central, sino que se extiende por todo el cuerpo social en forma de redes y relaciones: de clase, clientelares, patriarcales, raciales y de dependencia económica y disciplinaria (Foucault, 1978b). Esta observación lleva a plantear una pregunta clave: ¿vivimos realmente bajo un capitalismo neoliberal, regido por la tiranía de la competencia, o más bien bajo un capitalismo clientelar, gobernado por élites y redes de poder que ejercen una tiranía corporativa, en un sistema que no es neoliberal sino neo-caciquil, hiperregulado por corporaciones agrupadas en oligopolios? Este capitalismo del lucro no es una invención posmoderna, sino una herencia directa del proyecto ilustrado-moderno de construir una civilización universal sobre bases pretendidamente racionales. Por ello, Naredo (2022: 217) afirma que “atribuir la trama de privatización y expolio a un supuesto neoliberalismo y no a las élites político-económicas que lo habían planificado, es realmente un error político de primer orden que desorienta a los movimientos de protesta”.

Esta historia como sucesión de modos de dominación encuentra en el presente su expresión más sofisticada bajo el paradigma neoliberal del algoritmo y la inteligencia artificial, encarnado en las tecnologías digitales que han difuminado los límites entre lo militar y lo civil (d’Eramo, 2022). Este paradigma se despliega en las guerras comerciales, en los conflictos político-culturales que sacuden el mundo, y resulta inconcebible sin el dominio eficaz de los instrumentos digitales, algorítmicos y de las infraestructuras de telecomunicaciones (Dioni, 2025). Se trata de un paradigma en el que el poder tecnológico está controlado por los filósofos-reyes de Silicon Valley, una casta de plutócratas que, inspirados por la psicodelia fúngica (Deleuze y Guattari, 2012), promueven la gestión de los Estados como si fueran start-ups, a imagen y semejanza de las empresas innovadoras. Esta élite oculta los males estructurales del capitalismo financiero —mano de obra barata, deslocalización, salarios precarios, explotación energética— que, en la fase terminal de la globalización, determina las condiciones de vida de los seres humanos, siempre que participen en un casino particular donde las finanzas operan como sistema arterial y como fortaleza ideológica. Este capitalismo se manifiesta en la expansión desmesurada de activos financieros e inmobiliarios, y en la concentración de la capacidad adquisitiva en manos de unos pocos. Se despliega bajo el signo del retorno de las guerras comerciales, las escaladas arancelarias y las tensiones geopolíticas, guiadas por los efectos perversos de un poder esencialmente belicoso, que revela que la ley no es tanto un estado de paz como el resultado de una guerra ganada. En este contexto, la guerra no es una propiedad adquirida por las clases dominantes, sino el ejercicio actual de una estrategia. Toda simulación estratégica es el resultado de una transformación previa que introduce una ruptura. Ruptura que remite a una serie de modificaciones sociales que, ni diacrónica ni sincrónicamente, pueden considerarse fundadoras. Por ello, es legítimo comprender retrospectivamente toda la historia a la luz del capitalismo, siempre que se sigan las reglas formuladas por Marx: la historia universal es la de las contingencias, no la de la necesidad; de cortes y límites, no de continuidad. Pues han sido necesarias grandes casualidades, sorprendentes encuentros que hubieran podido no producirse nunca, para que los flujos escaparan a la codificación y, escapando de ella, no dejasen de constituir una nueva máquina determinable como socius capitalista. En cierto modo, “el capitalismo ha frecuentado todas las formas de sociedad, pero las frecuenta como su pesadilla terrorífica, el miedo pánico que sienten ante un flujo que esquiva sus códigos” (Deleuze y Guattari, 1998). Asimismo, si el capitalismo determina las condiciones de posibilidad de una historia universal, esto solo es cierto en la medida en que se enfrenta a su propio límite, a su propia destrucción, y como señala Foucault (1978b), en la medida en que es capaz de criticarse a sí mismo. Una historia universal que no es meramente retrospectiva, sino contingente, singular, irónica y crítica. Una historia en la que no existe un capitalismo universal, sino un capitalismo que se manifiesta en el crecimiento de múltiples formaciones: un capitalismo que, por naturaleza, es siempre neocapitalismo (Foucault, 1976a).

Desde esta perspectiva, el capitalismo aparece como el resultado de una larga historia de contingencias y accidentes, una trayectoria que se manifiesta en la relación entre poder y resistencia. Esta relación no se inscribe tanto en la forma jurídica de la soberanía ni en el modelo clásico del imperio-nación (Overy, 2024), sino en la forma estratégica del enfrentamiento, del conflicto, del duelo interminable (Ruiz-Domènec, 2024). El carácter relacional del poder plantea la necesidad de invertir la fórmula clásica y afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Si aún se pretende mantener una distinción entre guerra y política, habría que considerar que esta multiplicidad de relaciones de fuerza puede codificarse —parcialmente y nunca de forma total— en la forma de la “guerra” o en la forma de la “política”; dos estrategias distintas, pero siempre susceptibles de volcarse una en la otra, para integrar relaciones de fuerza desequilibradas, heterogéneas, inestables y tensas (Foucault, 2007: 89). En este marco, es necesario reconocer nuestra historicidad belicosa, la materialidad de las estrategias del poder, tanto en sus mecanismos generales como en sus dispositivos minuciosos. Esto implica abandonar la idea de que el trabajo constituye “la esencia concreta del hombre” o su forma de existencia más auténtica, y asumir que para que los individuos se encuentren efectivamente vinculados al trabajo fue preciso desarrollar un conjunto de técnicas políticas, de técnicas de guerra civil. A través de estas técnicas —las disciplinas— el ser humano queda ligado a una realidad como la del trabajo: un conjunto de dispositivos que transforman los cuerpos y los tiempos en tiempos de trabajo y en fuerza de trabajo, de modo que puedan ser utilizados y convertidos en beneficio (Foucault, 1978a: 54).

Este artículo se propone interrogar las técnicas de poder que no solo constituyen la condición de existencia de la plusvalía, sino que obligan a reconocer que en la naturaleza no hay dialéctica, ni diálogo, ni estructura, ni sentido: lo que hay son prácticas de poder, una estrategia permanente que debe pensarse sobre el trasfondo de una guerra civil continua. El poder no es algo que se posee, sino algo que ocurre, que se ejerce, que se efectúa; es una forma determinada de enfrentamientos estratégicos, instantáneos y constantemente renovados entre individuos y grupos sociales. La geopolítica que aquí se analiza no se despliega como una sucesión lineal y predecible de causas y consecuencias, ni como una historia que celebra el poder y la voluntad de verdad de reyes, príncipes, emperadores o naciones. Se configura, más bien, a partir de luchas de poder, de enfrentamientos, de estilo bélico y de historias de contrapoderes, de rebeldías y de non serviam; en una geopolítica donde las diferencias entre violencia y libertad se vuelven cada vez más difusas, confirmando la hipótesis de que no hay civilización —sea artificial o no (Lasalle, 2024)— sin dominio, sin militarización, sin guerra.

Los temas abordados en este artículo, en un marco descriptivo y explicativo, emplean un enfoque interpretativo para desentrañar las complejidades geopolíticas inherentes al capitalismo militar-financiero-digital. Se analizan:

a)la relación entre neoliberalismo y plataformas, y su incidencia en la codicia financiera y la digitalización panóptica;

b)la posibilidad constante del conflicto;

c)la presencia global de nuevas guerras;

d)la emergencia de un nuevo arte de gobernar que actúa como si la guerra comercial fuera la única forma de coexistencia global;

y e) una reflexión sobre cómo la explotación económica define solo parcialmente al sistema brujo capitalista, un sistema que, a finales de la década de 1960, ideó el objetivo de “hacer la guerra por el medio ambiente”, y que Naredo (2022: 125) vincula con “la especial querencia de la mente humana a abrazar idolatrías, fetichismos y sectarismos político-económicos que suplantan a las antiguas creencias religiosas”.

2. La codicia financiera

La codicia financiera, que ha moldeado imperios, determinado el resultado de guerras e influido en las grandes innovaciones tecnológicas desde Mesopotamia hasta el Bitcoin (Fernández, 2025), se ha impuesto como tarea la purga de los grandes metarrelatos —como el marxismo, el socialismo o el cristianismo— y su reemplazo por otro: el Gran Relato de las oligarquías liberales, en formato neoliberal. Esta narrativa respalda un capitalismo en expansión que ha sustituido al capitalismo industrial, el cual dio origen a las grandes clases medias que sostuvieron la democracia social de mercado y el consenso socialdemócrata entre 1957 y 2007.

Ese capitalismo, articulado en torno a la pareja empleado-empleador, perseguía el pleno empleo y la reinversión del beneficio en el crecimiento empresarial. Hoy ha sido reemplazado por un capitalismo financiero global, especulativo, articulado en torno a la pareja inversor-invertido: el inversor decide quién merece crédito, mientras que el invertido —individuo, empresa o Estado— debe demostrar solvencia y atractivo para recibirlo. Esta lógica convierte a todos en productores de activos, en inversores e investidos, mientras que quienes no encajan en esta dinámica —beneficiarios del Estado fiscal, especuladores, inmigrantes— son considerados parásitos y excluidos (Feher, 2021). Este capitalismo establece un umbral entre quienes merecen vivir —los que acumulan crédito— y quienes están condenados a la supervivencia o a la muerte en vida, víctimas del rentismo. Como señala Palomera (2025:32), vivimos en un "Monopoly amañado" donde una minoría se enriquece a costa del endeudamiento perpetuo de la mayoría. Esta distinción entre productores y parásitos, entre rentistas y excluidos, fue presentada en el siglo XVII como una "guerra de razas" y ha operado desde entonces como matriz del racismo cultural en las sociedades posmodernas (Foucault, 2006). En estas sociedades sometidas al crédito, las clases sociales ya no buscan beneficios, sino rentabilidad para aumentar su crédito. El objetivo del capitalismo financiero y neoliberal es acumular crédito y deuda, no beneficios, y requiere un Estado-empresa que estimule la oferta, reduzca impuestos y garantice la aplicación de créditos (Feher, 2024).

Este capitalismo se digitaliza de forma panóptica, mediante técnicas de dominación psicopolítica que inducen a la autoexplotación voluntaria y apasionada (Han, 2021). Su digitalización refuerza la conformidad y el consenso uniforme, representando la praxis de la libertad en el neoliberalismo. En su transición energética, este sistema es incapaz de revertir el empobrecimiento y el aumento del parasitismo, marcado por el desafío al orden liberal-democrático de China y Rusia, regímenes en crisis por mantener privilegios políticos y económicos que socavan el igualitarismo revolucionario (Jian, 2005). Simultáneamente, en Occidente, se despliega una ofensiva totalitaria de fuerzas nacionalpopulistas, junto al liderazgo autoritario del "club de Silicon Valley", que promueve la criminalización de las disidencias y sustituye el Dios del monoteísmo por el Dios del crédito. Este nuevo dios, desprovisto de espiritualidad, está vinculado a la inteligencia artificial, que se presenta como liberada del mundo material, pero que en realidad optimiza procesos psíquicos y mentales, reemplazando la disciplina corporal del fordismo por la optimización mental del régimen neoliberal (Han, 2022).

Crawford (2023:42) sostiene que la inteligencia artificial "no es artificial ni inteligente", sino una tecnología corpórea, hecha de recursos naturales, mano de obra, infraestructuras y clasificaciones. Depende de estructuras políticas y sociales, y está diseñada para servir a intereses dominantes. En este sentido, la IA es un certificado de poder del capitalismo militar-financiero-digital, moldeado por fuerzas económicas, políticas y culturales que afectan los cambios demográficos. Por ejemplo, en 2015, más de mil millones de personas abandonaron su hogar; 244 millones emigraron al extranjero y 763 millones se trasladaron a zonas urbanas dentro de su país (Bhutto, 2025).

Estas fuerzas han desacelerado la globalización económica, pero las interdependencias intercontinentales persisten “mientras los seres humanos sean móviles y estén equipados con tecnologías de comunicación y transporte” (Nye, 2024:22). El orden político occidental evoluciona hacia el autoritarismo posdemocrático, materializado en la alianza entre nacionalpopulismos ultraliberales e iliberales y los magnates tecnológicos, que delegan decisiones en tecnologías disruptivas. Estos magnates, libertarios y ególatras, celebran y consagran el privilegio y la desigualdad, apoyan un régimen geopolítico centrado en el continente americano, y atacan a las élites para imponer las propias.

En este contexto, habría que subrayar un hecho contingente: que existir, es existir políticamente (Sayad, 1987), y asumir que, en un momento inquietante de la modernidad capitalista, en medio de una guerra ideológica antipluralista desde dentro de la democracia. Una era fabricada por el poder, concebido no como un derecho soberano y cuya matriz originaria es el contrato, sino como un enfrentamiento perpetuo de fuerzas, históricamente situadas, mediante el juego de guerras y de dominaciones. Y es que como afirma Foucault (1994c:112) “la humanidad no progresa lentamente de combate en combate hasta la reciprocidad universal, en la que las reglas sustituirán para siempre a la guerra; ella instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas, y va así de dominación en dominación, de hegemonía en hegemonía”.

Esta hegemonía se manifiesta en la guerra total, caracterizada por “motivaciones ideológicas, la movilización universal, el rechazo de cualquier alternativa que no sea la destrucción absoluta del enemigo, el crecimiento exponencial de la mortalidad y la desaparición de la frontera entre combatiente y no combatiente” (González-Ruibal, 2023: 39). Por ello, es necesario pensar qué lógica impregna la práctica política en un mundo donde el populismo neorreaccionario —la ilustración oscura de Silicon Valley o el "Make America Great Again" de Trump— regresa al neofascismo. Esta derecha considera la democracia un mal, designa al enemigo como "wokismo" (vinculado a políticas de igualdad y de género, a discriminación positiva o al derecho al aborto), y desvirtúa los valores democráticos de bienestar y fraternidad (Land, 2017), proponiendo un Estado gobernado por empresas tecnológicas y grandes plataformas digitales. Estas empresas estimulan la desinformación, entendida como mentira deliberada que distorsiona la realidad. Como señala Harari (2024:75), "errores, mentiras, fantasías y ficciones también son información". Esta maquinaria epistémica de extracción de datos y rentas de atención algorítmica es una tecnología de poder que presenta una racionalidad gobernante poderosa, dependiente de monopolios digitales, de la explotación de recursos, mano de obra barata y datos masivos (Crawford, 2023:64).

Una racionalidad que impregna en la actualidad la ola de ideología iliberal y reaccionaria que se extiende por todo el planeta, como dispositivo epistemológico colonial, blanco, eurocéntrico y binario, históricamente constituido, omnipresente y funcional al orden geoeconómico internacional, articulado entorno al capital y al Estado, y no a la igualdad, la libertad, ni la libre asociación desde abajo.

3. Lo político

Lo que Roudinesco (2000) denomina “la historia de los deseos deseados”, de “desear el deseo del otro”, configura lo político como una dimensión profundamente afectiva y conflictiva. Esta historia se desarrolla en el llamado "siglo corto", que abarca desde 1914 hasta 1991 (Hobsbawm, 2013), marcado por el colapso del nazismo en 1945 y la desintegración del comunismo en 1989. Con ello, se inaugura la sociedad neoliberal de individuos aislados y autosuficientes, seguida por lo que Fukuyama (2015) denomina "populismos nacionalistas": una forma política que socava las instituciones democráticas desde dentro (Illouz, 2023). Esta nueva generación de dictadores, que Guriev y Treisman (2023) llaman "dictadores de la manipulación", ya no gobierna mediante el terror como Hitler o Stalin, sino que reivindica paradójicamente la democracia, aunque desprovista de liberalismo. El siglo corto europeo concluye bajo el dominio de máquinas estatales totalitarias, organizadas en torno al terror, los campos de exterminio, los gulags y los asesinatos en masa (Ruiz-Domènec, 2024; Casanova, 2020). Este periodo se apropia del concepto de "lo político" formulado por Schmitt (2014), entendido como la posibilidad constante de conflicto, tanto entre amigos como enemigos, a nivel nacional e internacional. Marx, antes que Clastres (2010) y Girard (1972), ya comprendió que la guerra no es un accidente externo, sino una criatura estructural del comunismo primitivo (Karatani, 2023). A juicio de Lagasnerie (2015: 15), la guerra es un rasgo permanente de las relaciones sociales y políticas, lo que exige reinscribir el Estado en la guerra social y entender la política no como dominio de lo común, sino como conquista. Las leyes, el derecho y el Estado prolongan esta guerra, una batalla original, cuyo objetivo es mantener la relación de fuerza en favor de los vencedores, es decir, del capital, cada vez más transformado en un sistema mundial de rentas extractivas (Jackson, 2021:48).

Este sistema se apoya en el comercio exterior y en una economía nacional subordinada a la economía-mundo. Por ello, la revolución socialista no puede limitarse a un solo país: si no sufre intervención externa, no es socialismo, sino estatismo benefactor, inofensivo para el Estado y el capital (Kakutani, 2019:78). Y es por esto que todas las economías nacionales tienen coordenadas “obscenas”, que varían según los tipos de poder (clánico, asiático, antigua clásica, feudal, capitalista) y según los modos de intercambio o extracción de valor. El modo de intercambio generalizado de mercancías está ligado al capitalismo, una sociedad organizada en torno a categorías económicas y monetarias (Jameson, 2023), que conducen a la erupción de la fuerza, la carrera armamentista y la guerra, negando las apariencias deliberativas de la democracia. Estas categorías presuponen una comunidad racional que las lenguas universales intentan construir, aunque dicha comunidad es una ficción occidental.

Y es que, a medida que avanza el siglo XXI, lo que tenemos es una convergencia entre democracias liberales e iliberales; absolutismos burocráticos como el de China, que busca cada vez más la hegemonía global; dictaduras de propaganda (Wolf, 2023) que manipulan las mentes a través de los medios de comunicación, las redes sociales y los aparatos ideológicos del Estado y sistemas obsesionados con la seguridad nacional y la geopolítica, más que con el libre comercio. Surgen tendencias fascistas, no aún un fascismo pleno, pero sí una mentalidad de indiferencia que lo predispone. Las estructuras de sentimiento —miedo, resentimiento, orgullo nacional— juegan un papel clave en la conformación de identidades políticas (Illouz, 2019:63). Como señala Paxton (2019: 16), “el fascismo no se basa explícitamente en un sistema filosófico elaborado, sino en los sentimientos populares sobre razas dominantes, agravios e injusticias y la legítima primacía sobre otros pueblos inferiores”, y es que a diferencia de otros movimientos, “la verdad era cualquier cosa que permitiera al hombre nuevo fascista (y la mujer) dominar a los demás y cualquier cosa que hiciera triunfar al pueblo elegido” (Forti, 2024), y han convertido las elecciones en circos pirómanos, en circos iliberales.

Tras los atentados del 11-S y las guerras en Irak y Afganistán, la política se ve atravesada por una fuerza ideológica acentuada desde 2016. Esta fuerza se basa en el etnoestado y se manifiesta en la alt-right estadounidense y las "nuevas derechas" europeas, que han aprovechado la desafección del marxismo y la crisis del Estado del bienestar. De hecho, alt-right se compone “de un vago grupo de ideologías que se mantienen unidas por aquello a lo que se oponen: el feminismo, el islam, el movimiento Black Lives Matter, la corrección política, una confusa idea a la que llaman ‘globalismo’, y el establishment político tanto de izquierdas como de derechas” (Wending, 2023:22). Este movimiento etnonacionalista de extrema derecha muestra que las deliberaciones políticas son simulacros dentro del conflicto, pausas tácticas en una lucha continua. Son como pausas, treguas, simulacros dentro del conflicto político (Fabbri, 2017). Y es que no existe relación social libre de dominio, dependencia o conflicto. Este hecho pone en peligro el matrimonio forzoso entre capitalismo y democracia representativa, en un proceso histórico, desde la Gran Recesión de 2008, en que la globalización va perdiendo legitimidad política a favor del proteccionismo de Estados cada vez más autocráticos (Rodrik, 2016). Estos Estados estarían dominados por élites depredadoras, miopes y amorales, ansiosas de poder y de guerra, que ya no se orientan por la ‘ingeniería social gradual’ de Popper, sino por su propio interés (Wolf, 2023: 85). Estas élites, además, consideran inmoral el monopolio estatal de la fuerza, ya que eso impediría que los individuos hiciesen, en un capitalismo sin trabas, un uso práctico de su razón (Rand, 2022). De la misma manera, ven los impuestos como trabajos forzados, una forma de esclavitud que beneficia a otros (Nozick, 1974).

Hay que asumir una incómoda realidad que solo se deja comprender a escala global, no estatal ni nacional: la relación entre violencia y orden social, entre guerra y sociedad, entre género, clase y raza; y la práctica de la violencia, junto con el aumento acelerado de desigualdades y perdida de buenos empleos, han dado lugar a una era en la que tienen camino libre los totalitarismos y los neofascismos, con sus políticas de rechazo, de racismo, de sexismo y de xenofobia hacia los inmigrantes. Incluso en la Prehistoria, la cultura material de la guerra surgió junto a la cultura de la élite. Las armas fueron de los primeros objetos de estatus, y con ellas se desarrolló una identidad masculina patriarcal y agresiva. Los guerreros formaban comunidades íntimas, con códigos, sustancias, espacios androcéntricos y prácticas de violencia diferenciadas. En definitiva, la guerra ha sido históricamente un ejercicio masculino (González-Ruibal, 2023:25) y hoy, los engendros tecnológicos y digitales retoman esta lógica para generar nuevos totalitarismos y modelos sociales distópicos que ya están presentes (Harari, 2024).

4. Nuevas Guerras

La historia vuelve a sus constantes: guerras por recursos, conflictos religiosos, disputas étnicas y dictaduras. Sin embargo, emergen las "nuevas guerras" (Gray, 2024), un tipo de conflicto bélico que se distancia de las guerras totales del siglo XX, aquellas que movilizaban poblaciones enteras. Estas nuevas guerras, descritas por Kaldor (2001), se caracterizan por su baja intensidad, localización específica y violencia política clandestina y efímera (Sánchez-Cuenca y Calle, 2024). Estas nuevas guerras comenzaron a desarrollarse en África y Europa Oriental a finales del siglo XX, coincidiendo con el fin de la Guerra Fría y el auge de globalización que se inició en la década de los setenta, junto con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información. Las nuevas guerras difuminan los límites entre guerra convencional entre Estados, crimen organizado y violaciones de los derechos humanos básicos (Benigno, 2023). Su dimensión global implica la participación de reporteros internacionales, tropas mercenarias, asesores militares y voluntarios, además de un ejército de instituciones internacionales. En realidad las nuevas guerras, señala Kaldor (2001: 21), “personifican una nueva clase de división global/local entre aquellos miembros de una clase global que saben inglés, puede acceder a faxes, Internet, y televisión vía satélite, que pagan en dólares, en euros, o con tarjetas de crédito, y que pueden viajar libremente, y aquellos que quedan excluidos de los procesos globales, que viven de lo que pueden robar o trocar o de lo que reciben mediante asistencia humanitaria, cuyos movimientos se ven restringidos por controles de carreteras, visados y el coste de viajar, y que se encuentran sitiados y son presa del hambre, las minas, etc.”.

Las nuevas guerras cuestionan mitos como el de la clase blanca trabajadora. Clase que carece ya de las características de los trabajadores blancos fordistas, con un casco de obra, y que actualmente, según Jaffe (2024:54), tiene forma de cuidadoras inmigrantes que son explotadas en el sector de ayuda a la dependencia. Este análisis nos proyecta hacia el patriarcado, entendido como una forma de sociedad en la que la mujer está sometida al varón en lo político, social, económico y simbólico. Su emergencia coincide con la individualización masculina, la jerarquización, la división funcional y el control masculino de las tecnologías. No hay un único patriarcado, sino múltiples formas con distintos grados de dominación y violencia. En Europa, existen evidencias de estructuras patriarcales desde el Calcolítico (cuarto y tercer milenio a. C.), donde el poder masculino sobre la vida y la muerte de las mujeres se vincula con el surgimiento de la guerra. Las armas, como las hachas de combate con remates fálicos, evidencian la asociación entre virilidad y violencia. Incluso el lenguaje refleja esta dominación: las lenguas indoeuropeas, difundidas en ese periodo, usan el masculino como género universal. Mientras los hombres ganan poder e individualidad, las mujeres son relegadas a funciones reproductivas y domésticas. Su cultura material se vincula al hogar y los cuidados; la política, la guerra y la individualidad son dominios masculinos (González-Ruibal, 2023:64 y 79).

Así, la política se hace tanto en el campo de batalla como en el hogar. Es una cuestión que remite a un "eterno presente que no recuerda y no espera" (Scurati, 2024), y que define lo que debe ser una mujer y un hombre, una madre y un padre. Esta dimensión política se entrelaza con la crisis de las clases medias consumistas occidentales, que aparentaban apertura a cuestiones de género y minorías, pero que refuerzan la relación entre violencia y élite masculina, entre violencia e identidad (de clase, género, raza), y entre violencia y roles laborales estereotipados. Según Davis (2017), esta crisis ha reintroducido la clase y otras categorías de desigualdad como claves para comprender el gobierno de lo social e histórico. De lo contrario, se imposibilita discutir las jerarquizaciones sociales y los repartos desiguales que estructuran nuestras sociedades (Chamouleau, 2017:26). Tras los años ochenta, se dejó de hablar de sociedades de clases —relaciones basadas en desigualdades de poder (Todd, 2018)— y se impuso la idea de sociedades de individuos, donde el esfuerzo personal define el éxito.

En este escenario, el consumismo se convierte en el principal mecanismo de identificación, desplazando la lucha de clases (Rendueles, 2014). Los gobernantes invisibles —algoritmos, influencers, tiktokers— transforman las mentiras en verdades (DiResta, 2024; Anderson, 2024). Un escenario en el que ya ni siquiera se habla apenas de ‘trabajadores’, sino de nuevos ‘emprendedores’, los cuales “ya están suficientemente educados para alargar sin límites su jornada laboral y reducir su salario hasta el límite de trabajar sin cobrar a cambio de ‘formación’, o, sencillamente, de añadir unas líneas a su currículum. Y todo ello ocurre, misteriosamente, en el mundo de las más completas libertades” (Fernández Liria y Alegre, 2018: 28), atento, supuestamente, a los derechos humanos, de una manera plural y globalista.

Vivimos en un mundo dominado por la industria financiera, las grandes consultoras y las empresas tecnológicas. Un mundo donde las plusvalías inmobiliarias erosionan las rentas de la mayoría, haciendo de la vivienda el principal factor de desigualdad intergeneracional. Un mundo en el que un outsider como Trump —retropolítico ultranacionalista que canaliza el miedo al otro y legitima el golpe contra la democracia liberal— confirman la tesis de Agamben (2018): los estados de excepción, las dictaduras agresivas y la suspensión de derechos son fenómenos recurrentes dentro y fuera de Occidente, y este proceso ocurre en medio de una revitalización de valores conservadores, aislamiento nacional y retorno de guerras de gran escala, mientras se desmantela el espacio democrático basado en derechos humanos (Popper, 2010; Applebaum, 2024).

Tervonen (2024) sostiene que Occidente opera bajo un dispositivo foucaultiano de globalización, que externaliza fronteras y delega el control migratorio a países no occidentales, sin asumir responsabilidad por sus violaciones de derechos humanos. Todo esto sucede en un contexto marcado por la ideología libertaria de la propiedad (Sowell, 2024), el predominio del algoritmo y la inteligencia artificial, y la apropiación tecnológica de lo humano (Sadin, 2024). Un contexto en el que el mercado laboral en Occidente se ha polarizado, en el que la desigualdad global y la laboral tienden a incrementarse (Milanovic, 2024), y los empleos de mediana cualificación desaparecen. El dinero prevalece sobre el estatus ciudadano.

Vivimos un período histórico de acelerado despliegue de la inteligencia artificial generativa. En 2023, el mercado global de inteligencia artificial alcanzaba los 208.000 millones de dólares (Statista GmbH). Y en este contexto, las ciudades prosperan mientras las naciones declinan, impulsando un modelo de ciudad global sin sociedad (Caballero, 2024), los intereses de las clases trabajadoras son atacados, los empleadores-emprendedores ganan peso en la negociación colectiva (Todolí, 2024), y las autocracias se empoderan (Appelbaum, 2024), simplificando la realidad en un único enemigo: la inmigración (Scurati, 2024). Este empoderamiento se produce en un periodo histórico en el que se ha normalizado el concepto de Lawfare —la guerra judicial con fines políticos—, y se abre un escenario de escalada bélica entre potencias nucleares. Las guerras, antiguas y contemporáneas, rearman el mundo y emplean tecnologías emergentes para propagar desinformación y controlar las emociones colectivas: lo que se conoce como infocalipsis (Collins y Bilge, 2016).

5. La sociedad empresa neoliberal

Tras la quiebra de Lehman Brothers, que precedió al mayor colapso financiero de la historia reciente, no se produjo el fin del capitalismo financiero, sino su intensificación. Emergió una cleptocracia digitalizada que, mediante redes y nuevas tecnologías, ha acelerado exponencialmente los mecanismos especulativos, debilitando la democracia y profundizando la desigualdad. Este sistema fomenta una cultura de innovación orientada al rendimiento económico, seleccionando sectores viables según su capacidad de generar beneficios, tanto exógena como endógenamente. En este contexto, los privilegiados ya no se limitan a evadir impuestos: participan en un sistema especulativo informatizado, un "casino brujo" que desdibuja las fronteras entre vida personal y laboral (Zafra, 2024). Este sistema está controlado por un puñado de grandes empresas con ánimo de lucro, que han normalizado el crecimiento de las clases medias altas vinculadas a empleos de gestión, inversión e I+D, mientras declinan las clases medias tradicionales ligadas al sector industrial y manufacturero. Paralelamente, decrecen los "trabajos de mierda”—ineficaces, pero decentemente pagados—, y crecen los denominados “trabajos sucios”, eficaces, pero indecentemente, precarizados, mal pagados y feminizados (Graeber, 2018).

Estamos ante un sistema hiperconsumista que ha sustituido la protesta o la rebelión por el consumismo y el cansancio, por la búsqueda ilimitada del placer, siempre insatisfecha, convirtiéndonos en espectros que viven bajo el síndrome del miedo y la depresión. Este sistema es utilizado por la derecha nacionalpopulista —una máscara posmoderna del fascismo (Badiou, 2021), Derechas 2.0 (Forti, 2021) o simplemente partidos populistas de derechas (Mouffe, 2018), que vinculan inmigración e inseguridad, y disfrazan la xenofobia de libertad. Unas derechas que apuestan por un feminacionalismo u homonacionalismo xenófobo, no hostil a los hombres y empoderador de las mujeres (Farris, 2017), y que fingen creer en la democracia para atacarla desde dentro, destruyendo el Estado de derecho, que es la base de la democracia. En otras palabras, desarrollan una forma de agresión a la democracia opuesta al fascismo clásico, ya que se trata de atacar a la democracia en nombre de la democracia, en nombre de la lucha contra el miedo a la inmigración, al descenso social, a las élites globalistas, al cambio de valores, etc. Estas derechas nos abocan a una democracia iliberal en una sociedad sustentada en un feroz individualismo, liderada por influencers digitales y los MAGA (los que quieren hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande). Mediante el temor de la extinción blanca, hacen del odio al otro una guerra cultural contra la explotación de las élites —entusiastas del liberalismo y de las minorías sexuales— y de la opresión del islam —definida como una ideología terrorista y asesina—, una herramienta política, reforzando la polarización amigo-enemigo —aquí los míos y allí los otros.

Esta guerra cultural se convierte en una herramienta de gobierno, entendida como producción de realidad y prestigio competitivo. La política se reconfigura como guerra comercial, constitutiva de la existencia contemporánea y de la sociedad-empresa neoliberal. El principio regulador ya no es el intercambio de mercancías, sino la competencia, que se extiende a todos los ámbitos sociales. No se trata de una sociedad de supermercado, sino de una sociedad de empresa. “El homo economicus que se quiere reconstituir no es el hombre del intercambio, tampoco el hombre consumidor; es el hombre de empresa y la producción” (Foucault, 2009:16), para el cual la guerra competitiva ya no es más la excepción, el último recurso, sino la regla que somete la vida a la economía política, a la clausura del bios dentro de la ley de la competencia (Esposito, 2004, 2006).

En este sistema, la educación ha dejado de ser el gran ascensor social. No hay nada de pos-laboral, ya que extiende la jornada a un continuo que alcanza hasta donde empieza la jubilación (Hester y Srnicek, 2024). Mientras, el capital trabaja para generar más capital mediante inversiones en criptomonedas y otros activos de alto riesgo. El dinero ha pasado de ser inmóvil a ser activo, participando en la gran fiesta especulativa en que se ha convertido la globalización en su fase final (Todd, 2024), donde el mercado solo regula lo que le interesa, que es la acumulación del beneficio privado. Este proceso ha consolidado un único circuito mundial, donde Estados ideológicamente diversos interactúan, cuestionando la falacia territorial sobre la que se han edificado muchas ideologías fascistas o posfascistas. En este circuito, mediante métodos de trabajo y enfoques innovadores, se acentúan las asimetrías y desigualdades, impulsadas por una "movilización infinita", proceso clave de la modernidad (Sloterdijk, 2000). El turismo, convertido en turba, ilustra esta movilización inquietante y desbordada, que rechaza sus propios límites y captura elementos heterogéneos para su circuito de acumulación (Deleuze y Guattari, 2012: 71).

Emergen unos axiomas que tienen un alto grado de verosimilitud: por un lado, el mercado “puro” y “perfecto” está poblado por agentes hobbesianos, codiciosos y sin moral, que han emancipado las finanzas y destruido el aparato productivo keynesiano-fordista. Por otro lado, incluso si el régimen capitalista sucumbiese ante la crítica, hace tiempo que habría desaparecido más de una vez y de más de una manera. Incluso cuando se dice que el capitalismo es un modo de existencia, se está describiendo una dinámica que se reinventa constantemente, sometiendo a sus propias exigencias todo aquello con lo que se enfrenta, sin asumir las consecuencias: las externaliza (que las paguen otros); las redefine como oportunidades para nuevas operaciones; o las desestima mediante teorías conspirativas y realidades subjetivas hechas a medida. Así, califica como irrelevantes —o como productos de mundos de “malos” y organizaciones pérfidas— hechos que amenazan su modo de vida, como la llamada tiranía verde (la crisis climática como bulo de la industria verde para recortar derechos y libertades), el gran reemplazo (una supuesta conspiración para sustituir a la población cristiana europea por árabes, norteafricanos y subsaharianos), o el gran reinicio (el plan de recuperación económica del Foro Económico Mundial tras la pandemia de la Covid-19, interpretado como estrategia de control global de la población). Por esto, debemos de reconceptualizar el capitalismo como algo más vasto que una economía: como una sociedad, “un orden social institucionalizado, tal como el feudalismo, y asentado en divisiones no económicas, pues se mantiene a expensas de la reproducción social, la naturaleza, el poder político y la expropiación” (Fraser, 2023: 45).

El orden social del capitalismo no es históricamente liberal: ha engendrado el fascismo italiano, el nazismo alemán, el militarismo japonés y la globalización norteamericana, con un liderazgo tecnológico y un predominio ideológico y financiero liderado por los CEO de Silicon Valley. Este capitalismo tecnológico se encuentra lleno de utopías digitales que convierten al propio consumidor en objeto de consumo, va armado “con el prestigio del cuerpo aseptizado, blandiendo lo ineluctable de las tecnologías punta, el internet y el celular, o desplazando los encantos de la diversión” (Gruzinski, 2020: 29), y se siente tanto más seguro a medida que paraliza las reacciones sociales. Incluso es difícil decir que Estados Unidos o el propio Occidente, geopolíticamente, sean un mundo de democracias liberales. Su éxito ha dependido siempre de un instrumento fundamental: el parlamentarismo, un baluarte contra la tiranía (Cuenca, 2024), cuyo declive explica que las democracias hayan devenido en regímenes oligárquicos neoliberales. Este hecho ocurre cuando la geopolítica mundial ya es una combinación de equilibrios de poder egoístas entre Estados-nación, en vísperas siempre de la guerra. De hecho, ya estamos profundamente sumergidos en una nueva guerra fría en medio de una obediencia anticipada, de un consentimiento libremente asumido, normalizado, que ampara todo un espectro de posibilidades que ofrece el populismo de derechas, cuyo objetivo ya no es despertar las conciencias (de ahí su antiwoke), sino aletargarlas.

Incluso los Estados-nación se han replegado, como deseaba el neoliberalismo, a sus funciones de mantenimiento del orden y de hacer la guerra. En cierto modo, “en el contexto actual, en pleno auge del populismo, las etiquetas políticas de izquierda y derecha parecen más una opción identitaria cohesionadora de un grupo basándose en recuerdos de un pasado, a veces todavía vivo, que unas opciones de futuro diferentes y enfrentadas ante los retos actuales”, como la transición climática en curso o el “proceso global de aridificación que se está produciendo en el planeta” (Criado, 2024). Procesos que según Becerra (2020) son, juntamente a la especulación financiera que denomina como gamberrismo o nihilismo financiero, un indicio de que el sistema capitalista está llegando a su fin. En el mismo sentido, Marx (1977) explicaba que el propio capitalismo crea las condiciones económicas necesarias para su hundimiento, pero que debía estar apoyada por la lucha política.

6. A modo de reflexión final

El capitalismo es un sistema que nos embruja a través de alternativas infernales, cuyos efectos padecemos cuando pretendemos transformarlo en anticapitalismo, trastocando la agenda capitalista en inevitabilidad. Y es que las alternativas son la trampa que captura todo aquello que resiste, ya que el capitalismo, como sistema brujo, “trabaja de manera permanente en reducir la inteligencia de sus agentes, en reemplazarla por automatismos que luego podrán ser materia de alternativas infernales” (Stengers y Pignarre, 2018: 23). Este sistema multiplica las divisiones sociales que le otorgan legitimidad, como la categorización racial, que, junto con la clase social, ha sido una norma clave en el desarrollo colonial de Occidente. Todo el colonialismo se basa en el concepto de que unos pueblos son superiores a otros y que, por lo tanto, necesitan la tutela de los blancos. Por ello, el nazismo —militarista y agresivo internacionalmente— “no es una anomalía, sino una continuación de la expansión colonial moderna europea, que utiliza sobre ella misma los métodos usados siempre contra el mundo no europeo, inveterados en ese lado oscuro de la modernidad que es la colonialidad” (Quijano, 2000: 211), un sistema de herramientas geopolíticas y epistemológicas que justifica la dominación de poblaciones y recursos. La colonialidad “tiene respecto al termino colonialismo, la misma ubicación que modernidad respecto de modernismo. Se refiere, ante todo, a relaciones de poder en las cuales las categorías de ‘raza’, ‘color’, ‘etnicidad’, son inherentes y fundamentales. El poder es así, una red de relaciones sociales que se ejercen en la colonialidad” (Martínez, 2018: 69). Esta es la quinta libertad, según Chomsky (1999): el poder de saquear y explotar que poseen los propietarios de la Tierra, quienes solo se preocupan por las cuatro libertades fundamentales (expresión, creencias, vivir sin miseria y sin temor) cuando ven amenazada esta quinta libertad.

En esta quinta libertad se entrelazan dos ejes de dominación que configuran el concepto de colonialidad: la categoría de raza y el capitalismo, ambos interrelacionados. “Raza ha sido, desde entonces, el criterio de clasificación social básica y universal de toda la población del planeta. Y la emergencia de las relaciones sociales urbanas y capitalistas, las que, a su turno, no podrían ser plenamente explicadas al margen del colonialismo sobre América. Es decir, la forma básica de las relaciones de poder, su colonialidad” (Martínez, 2018: 74). Estos dos ejes se consolidan con la conquista de América Latina, y se manifiestan como patrones que reproducen identidades, jerarquías, desigualdades y dominación entre europeos y no europeos, generando instituciones y mecanismos. Así, “se denomina colonialidad del poder al proceso histórico en el cual se implanta la raza como una creación o constructo social naturalizado, y se ejerce en el capitalismo en esa parte del mundo y en todo el globo. Esto traerá un resultado desastroso, dando a luz al más grande genocidio de la historia mundial. El capitalismo surge a costa del saqueo y genocidio desde 1492, pero tiene que fundirse con la categoría raza para poder desarrollarse” (Martínez, 2018: 74).

En América, “la idea de raza fue solo un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa como nueva identidad después de América y la expansión del colonialismo europeo sobre el resto del mundo, llevaron a la elaboración teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes” (Quijano, 2000: 208). Así, la explotación económica define solo parcialmente al capitalismo, ya que abarca únicamente la dimensión de clase social, obviando otras categorías de estratificación como la raza, el sexo o realidades políticas inherentes a la dominación del capital, como la autoridad colectiva que llamamos Estado. Históricamente, existe una articulación estatal-capitalista: el uno necesita del otro, puesto que el capitalismo “lejos de aceptar cualquier sumisión a las leyes del mercado, necesita que los poderes estatales definan, reglamenten, obliguen a cada mercado particular. [El mercado mismo] no se somete, no respeta nada, pero necesita apoyarse en un reparto de naipes que acepte evaluar cada situación, lo que permite, lo que promete” (Stengers y Pignarre, 2018: 116).

Incluso el capitalismo se ha imbricado con diversos tipos de Estado en varios espacios de dominación. Desde el enfoque decolonial de Quijano (2000), el capitalismo se articuló con el moderno Estado absolutista imperial (todos los Estados de Europa occidental, menos Suiza, entre 1500 y 1789); con el moderno Estado-nación imperial/colonial (por ejemplo, Francia e Inglaterra desde fines del siglo XVIII hasta después de la Segunda Guerra Mundial); con el moderno Estado colonial (América del Norte antes de 1776 y América del Sur antes de 1824, así como los del Sudeste Asiático y los de África hasta mediados del siglo XX); con el moderno Estado despótico-burocrático (la ex Unión Soviética y los de Europa del Este hasta fines de la década de 1980, sus rivales Nazis y Fascistas en Alemania, Japón e Italia entre fines de 1930 y 1945, y China en la actualidad, que pretende pasar de ser la fábrica del mundo, basada en fuerza de trabajo barata con tecnología importada, a ser líder global en sectores tecnológicos punteros); con el moderno Estado-nación democrático (los actuales de Europa Occidental, los de América del Norte, Japón, Oceanía); con los modernos Estados oligárquicos-dependientes (los de América Latina antes de finales de la década de 1960, con excepción de México, Uruguay, Chile); con los modernos Estados nacional-dependientes (en diversas medidas, todos los de América Latina actual, así como la mayoría de los de Asia y algunos de África, principalmente África del Sur); y con los modernos Estados neocoloniales (probablemente la mayoría de los africanos), que en las últimas décadas han sido asaltados por las nuevas dinámicas del capital financiero, en un contexto de historia compartida, de migraciones trans oceánicas y de influencias intercontinentales. Estas dinámicas financieras han generado una espectacular reconcentración de recursos, compatible con la uniformización de los consumos y estilos de vida. Así, “en gran parte de la Tierra, las sociedades más diversas confeccionan los mismos objetos estandarizados. Tanto en los talleres clandestinos del Sentier, en París, como en las fábricas socialistas o capitalistas de Asia, los trabajadores son sometidos a condiciones de trabajo y a objetivos que conjugan las exigencias del liberalismo avanzado con las formas de explotación frecuentemente más arcaicas” (Gruzinski, 2020: 54).

Esta reconcentración de recursos captura y cambia el sentido de las fuerzas que se le oponen envenenándolas, porque logra definir la idea de mundo y eclipsar todo lo que se aparte de esta idea. Por eso, el capitalismo es un sistema brujo: opera como por arte de magia, violentamente, transformando/reinventando continuamente al mundo. Es una potencia titánica de reinvención, apoyada en una racionalidad instrumental sustentada en el egoísmo — “el ego del hombre es el manantial del progreso humano, [el motor] del genio productivo frente a las demandas de la mediocridad envidiosa” (Rand, 2022)—, egoísmo como auténtico homo natura (Laval y Dardot, 2013).

Este hecho ha fortalecido el sentido de la libertad individual y las demandas neoliberales, y sus múltiples vertientes, que se apoyan en el axioma principal del libertarismo de Rothbard (2013, 2000): la incompatibilidad entre democracia y libertad. Este axioma no solo reconoce la primacía de la libertad individual sobre la democracia, sino que defiende la desigualdad existente como resultado de interacciones libres y voluntarias, ordenadas espontáneamente mediante reglas impersonales y no por mandatos coactivos La desigualdad sería así el fruto evolutivo, emergente y no intencionado, de las interacciones voluntarias de millones de individuos, y debe perdurar en el tiempo.

El libertarismo llega incluso a considerar que el Estado, como estructura criminal que es, debe ser destruido, y que la tecnología y la inteligencia artificial van a solucionar todos los males sociales al encarnar el curso evolutivo (inevitable) de la historia, asignándoles un poder intelectual y creativo que tendría tres consecuencias: en primer lugar, la renuncia anunciada a las facultades que nos hacen humanos, empezando por la de crear lenguaje; en segundo lugar, la aparición de un régimen de representación en el que ya no podremos distinguir ni el origen ni la naturaleza de una imagen, desembocando en una indistinción generalizada y muy peligrosa; y por último, provocará un huracán en el sector terciario, que representa más de dos tercios del empleo en los países del Norte, y cuyas tareas ya pueden ser asumidas por unos sistemas generativos que operan con gran rapidez y costes mucho menores que los humanos (Sadin, 2022).

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