Marginedas, M. (2025).
La moderna industria de la lujuria del poder y de la muerte.
“Rusia contra el Mundo” es un libro de Marc Marginedas, un punto de referencia clave para quienes creen que no hay otra manera de pensar que pensar por cuenta propia, de forma autónoma y crítica. Trae a la memoria El Kremlin de azúcar de Vladímir Sorokin (2025). Es una lección de lucidez, un modo de realismo social sobre la vileza del poder, una denuncia profunda de la inhumanidad y de los abusos de poder en la Rusia de Putin, el soberano que restituyó el orden feudal y ha construido una “Gran Muralla Rusa”, como los hubs carcelarios.
Una lección subversiva que se apropia Marginedas, corresponsal de guerra y reportero de investigación, quien en 2014 se vio envuelto durante seis meses en un secuestro o cautiverio por haber entrado en la Siria en guerra. Esta guerra arrancó en 2011, al rebufo de las primaveras árabes, a partir de un movimiento ciudadano iniciado en Túnez que pretendía llevar la democracia a una zona del mundo históricamente alérgica a ella, como lo es la Rusia de Vladímir Putin: un brutal Estado policial que también conformaron la Rusia soviética y la Rusia zarista, y que requería de fuerza constante para mantenerse. Un modelo de poder que solo podía sostenerse mediante la imposición, un orden construido sobre la violencia.
Un modelo que el totalitarismo de Putin —emisario del oscurantismo y la destrucción— ha empleado como instrumento decisivo para construirse como mito nacional de orgullo patriótico y como arquetipo patriarcal de hombre duro, implacable, macho alfa, defensor de los intereses de la madre patria. Una defensa que tiene por objetivo consolidar a Rusia como potencia mundial, regional y garante de la seguridad de gran parte de la Eurasia postsoviética. Un hombre que tiene muy presente el lugar que debe o quiere ocupar en la historia, como tantos otros príncipes o zares que lo precedieron. Celebró con gloria y triunfo la segunda guerra de Chechenia en 1999, la Guerra de los Cinco Días en Georgia en 2008, la anexión de Crimea y el Donbás en 2014, las intervenciones en Siria en 2015, la invasión de Ucrania en 2022 y el apoyo a la República Islámica de Irán en 2024. Un hombre convencido de que sus aliados y satélites caen por culpa de la CIA y de la OTAN, y que reconoce que, si Rusia es una potencia más débil que Estados Unidos y el conjunto de Occidente, tiene “más motivos para optar por una ‘guerrilla geopolítica’ y usar medios no convencionales para llevar el conflicto a dominios en los que considera que tiene diversas ventajas” (Galeotti, 2022a).
Putin es un hombre de Estado que decididamente no cree en la libertad de expresión ni en los medios de comunicación independientes. Utiliza estos últimos como herramienta para cercenar los consensos que se han ido adoptando en la Unión Europea y en Occidente, una vez frustrada su pretensión de establecer una relación positiva y pragmática con estos.
Esto explica los conflictos bélicos en los que la Rusia de Putin se ha involucrado, así como el apoyo que brindó, junto con Irán, a la resistencia del régimen de Ásad a abandonar el poder. Gracias a los apoyos de Rusia e Irán, la revolución siria pudo transformarse en una guerra civil de larga duración. Una guerra en la que Ásad empleó armas de destrucción masiva contra civiles indefensos, ante la pasividad de la comunidad internacional, prueba fehaciente “de lo eficaz que ha sido el tándem Moscú/Damasco en sus operaciones de desinformación, operaciones para las que ha contado con la colaboración de medios y profesionales en Occidente”.
Métodos oscuros y violentos de desinformación que Putin ya empleó en la segunda guerra de Chechenia, y que continúa utilizando para desestabilizar el orden mundial, ya sea en Oriente Medio o en Ucrania. El secuestro del propio Marginedas fue una muestra elocuente de ello. Una voz de peso en acusar abiertamente al régimen de Putin de terrorismo de Estado, de ser “lo peor en un mundo donde todo es un arma”, un mundo transnacional en el que el conflicto interestatal se confunde con la armamentización de tantas otras áreas y aspectos: del derecho a la criminalidad, de las disputas por la propiedad intelectual a los algoritmos de las redes sociales, que se han incorporado tanto a las herramientas para la comisión de delitos —los cibercriminales los están utilizando de manera masiva— como a los sistemas o industrias de defensa (Galeotti, 2023). Una armamentización que Putin adoptó para reconstruir las fuerzas armadas rusas, al considerar que era el medio “de convertir de nuevo el país en una potencia internacional creíble y, gracias a los abundantes ingresos procedentes del petróleo y el gas, intensificó esta campaña para revivir las capacidades militares de Rusia” (Galeotti, 2022a), y erigirse en el nuevo hegemón: un poder duro que solo cree en la fuerza y en la mano de hierro.
Un mundo en lucha política de todos contra todos, de “guerra subrogada”, de “operaciones militares especiales”, de asesinatos selectivos y empleo de mercenarios. Una era en la que ya no cabe depositar “nuestras esperanzas en la reinstitución de una antigua estabilidad que hoy adquiere tintes cada vez más legendarios”. Pero es evidente que dicha estabilidad no pasó de ser un fenómeno temporal, una excrecencia de la Guerra Fría en gran parte. El Primer y el Segundo mundo —el Oeste y el Este— mantuvieron dicha aparente estabilidad a costa del Tercero, convertido en escenario de guerras por delegación. La Guerra Fría fue, pero que muy caliente, en Vietnam y en Corea, en Afganistán y en Angola, en Nicaragua y en Oriente Medio. La mencionada ‘estabilidad’, en paralelo, se basaba en el mutuo pavor a la aniquilación termonuclear. No es seguro que nos gustase volver a todo eso, en el supuesto de que pudiéramos hacerlo.
De modo que la alternativa bien puede ser aceptar y aprovechar las oportunidades ofrecidas por la inestabilidad crónica, explotar las flexibilidades de un mundo postideológico “donde todo es un arma”. Más aún en una época en que ha quedado claro que el modelo soviético, con sus estrellas y banderas rojas —en su día prometedor de igualdad, entusiasmo y rápida modernización industrial—, en realidad era sinónimo de corrupción, opresión, represión, tortura y estancamiento.
En una época en que el mundo postideológico resulta cada vez más competitivo, aún más descarada y descarnadamente competitivo, pues bien, en este mundo, el recurso a la guerra económica y a los estímulos positivos y negativos “tan solo va a incrementarse”. La profesión liberal de fe en que el comercio siempre es bueno y en que las naciones que comercian no guerrean resulta cada vez más insostenible, pues hace tiempo que las alternativas no son binarias. Por ejemplo, las tropas indias y chinas siguen protagonizando esporádicas escaramuzas en la disputada frontera del Himalaya, “un conflicto en el que hay soldados que mueren a garrotazos o arrojados, precipicio abajo. No obstante, el comercio bilateral continúa moviendo más de cien mil millones de dólares al año” (Galeotti, 2023).
Un desafío postideológico que estudia Marginedas y que le brindó su propio cautiverio, impulsado u orquestado por dirigentes rusos, por grupos paramilitares de la órbita del Kremlin o por los propios servicios secretos de Putin, que confinan a periodistas y cooperantes solo por la simple razón de que se han convertido en testigos molestos de sus excesos y atrocidades, de su lujuria por el poder y por la muerte. Testigos del imaginario mental del cual se alimentan las tiranías, de la superioridad tecnológica que otorgan al terrorismo como instrumento al servicio de la política estatal y de proyección de liderazgo en democracias cada vez más iliberales, con rasgos autoritarios, y en un tenebroso monstruo: el capital internacional neoliberal, vencedor de la disputa histórica saldada con el supuesto fin de la Guerra Fría.
Régimen neoliberal que conforma una época de “interdependencia armamentizada”, al exponer que “todos necesitamos comerciar, invertir, viajar y relacionarnos, por lo que la respuesta no puede ser la autarquía, el intento de establecer economías selladas de manera hermética” (Galeotti, 2023). Interdependencia que ejemplifica la enorme amenaza que representa para las democracias liberales el crimen organizado surgido de los escombros de la URSS. Igualmente, desde la llegada al poder de Putin con el cambio de siglo, Gobierno y mafia en la Federación Rusa se habían —y están— fusionado en un todo, “convirtiéndose en la práctica en la segunda potencia nuclear en un Estado gobernado por gentes con mentalidad y actitudes propias del crimen organizado” (Marginedas, 2025).
Un Estado con una querencia institucional hacia las operaciones encubiertas y políticas, que han contribuido a definir la noción rusa de la guerra moderna. Para definirla, han utilizado etiquetas de todo tipo: “guerra híbrida”, “guerra ambigua”, “guerra no lineal”, “guerra política”, “operación militar especial”; es decir, nuevas formas de hacer la guerra, encubiertas e indirectas, pero que en realidad son una auténtica guerra, “vieja” o “nueva” guerra (Galeotti, 2022a).
Una época de interdependencia en la que las guerras a cañonazo limpio entre Estados no han desaparecido, por supuesto, pero las contiendas de este tipo se han vuelto cada vez más escasas. ¿Está entonces el mundo en paz? ¿Las naciones coexisten felizmente en aras del bien común? Ni por asomo, responde Galeotti (2023). Más bien, nuestras actuales ideas sobre la guerra —como algo que se declara y termina formalmente, dirimido en el campo de batalla antes que en cualquier otro lugar, con leyes establecidas para proteger a los no combatientes y definir las formas de fuerza aceptables— “están volviéndose cada vez menos relevantes”.
En su lugar, la guerra ahora se subcontrata y se sublima: “una guerra psicológica que se resuelve por medio de la cultura y del crédito, de la fe y de la hambruna, con tanta frecuencia como a través de la fuerza directa de las armas”. Una guerra cultural que, bajo la premisa de que no existen valores universalmente válidos, sino civilizaciones y sistemas sociales distintos, cada vez más se subcontrata a particulares como guardianes y defensores del interés estatal. Y es que, hablemos de “soldados o de piratas informáticos, de agentes de prensa o de gánsteres, de abogados o de contables, los Estados ahora tienen infinidad de ‘buenos soldados’ que utilizar en sus luchas con otros. Algunas de estas tropas pueden trabajar de forma directa para el Estado, pero en su mayoría son profesionales a destajo, contratistas y peones de la moderna industria del conflicto en sus innumerables formas”.
En consecuencia, mediante esta moderna industria nos situamos en una era de “nuevas guerras”, en la que “los hashtags o etiquetas, los memes y los selfis en internet se han convertido en armas asociadas al discurso, por propio derecho y con tanta proliferación como el ubicuo fusil automático Kaláshnikov” (Galeotti, 2023).
Además, las nuevas guerras ponen en evidencia una realidad que la Rusia de Putin ha venido ignorando, pese a la enorme inversión “realizada en el último cuarto de siglo para la modernización y renovación de sus fuerzas armadas: la ciencia y las estrategias militares avanzan, pero el ejército ruso, una institución que tradicionalmente premia a los burócratas y castiga a los innovadores, repite una y otra vez las mismas y anquilosadas estrategias militares, haciendo que las guerras en las que opera se acaben pareciendo unas a otras de forma sorprendente. Esa pobre adaptación a los tiempos modernos no solo repercute en la eficacia en el campo de batalla o en la rígida respuesta que tradicionalmente ofrecen los militares rusos a los imprevistos, sino que también provoca un desproporcionado número de bajas civiles, impropio de la potencia militar que Rusia reclama ser, al obligar a los militares a cometer abusos de gran calado para suplir sus carencias en otros campos” (Marginedas, 2025).
Nuevas guerras que desmienten la tesis de Pinker (2018), según la cual “hoy bien podemos estar viviendo en la era más pacífica en la historia de nuestra especie”, una era “de moderaditos”, una “forma de valentía” pertrechada de certezas que “enfrentan una realidad desprovista de asideros definitivos” (Garrocho, 2025). Ojalá fuera el caso, se pregunta Galeotti (2022b), y responde: “que se lo pregunten a los ucranianos, los sirios y los afganos, los nigerianos, los cachemires y los somalíes. De hecho, desde el final de la Guerra Fría, en la que tantas otras rivalidades y tensiones pasaron a formar parte de una misma confrontación, es posible argumentar que la era postideológica está resultando ser más pródiga en conflictos”, muchos de ellos virtuales, subsidiarios o por delegación.
Sin embargo, la era de las contiendas a tiro limpio no ha terminado, “pero desde el final de la Guerra Fría, los conflictos interestatales, por fortuna, se han vuelto raros. La expresión del enfrentamiento a ultranza hay que buscarla en otras partes. La finalización de la lucha maniquea (y con frecuencia estéril) entre capitalismo y comunismo ha despertado incontables rivalidades y enemistades que no dejan de requerir sus propias válvulas de escape y revoluciones de algún tipo, sublimadas en toda clase de ámbitos paralelos”.
Ahora bien, lo más alarmante quizá sea que nos encontramos ante una guerra —una especie de guerra— de todos contra todos, “tan solo distinta en la intensidad y encarnación que adopta en cada caso”. Una guerra que cada vez más utiliza las novedosas posibilidades ofrecidas por internet, en los ámbitos del ciberespacio, “carentes de un control centralizado y que cambian constantemente. Ofrecen nuevas oportunidades de cometer actos de guerra completamente nuevos, si hablamos de violencia e intimidación en general” (Galeotti, 2023).
Conflictos bélicos que han conformado políticamente el mundo. De hecho, todos los países han sido moldeados por las guerras, y no solo por el hecho de combatir, sino también al construir los sistemas impositivos con los que sufragarlas. Esto es particularmente cierto en el caso de Rusia, “un país sin fronteras naturales, emplazado en la encrucijada de Europa con Asia. El origen de lo que se convirtió en Rusia fue una invasión: la llegada de los conquistadores vikingos —‘varegos’— en el siglo IX. Desde entonces, el pueblo ruso ha sido el objetivo de la potencia militar hegemónica de cada época, ya fueran mongoles en el siglo XIII, caballeros teutónicos, polacos o suecos en los siglos XIII, XVII o XVIII, Napoleón en el XIX o Hitler en el XX. Las fronteras de las diversas encarnaciones de la nación —Moscovia, la Rusia zarista, la Unión Soviética y ahora la Federación Rusa— han sido, en gran medida, trazadas por las contiendas, fruto del equilibrio entre la capacidad y las aspiraciones expansivas de Rusia y la fortaleza y la voluntad de resistencia de sus vecinos” (Galeotti, 2022a).
En su versión más extrema, la nueva forma de guerra se caracteriza por una competencia feroz constante, con el recurso a fuerzas que con frecuencia no son violentas y que permiten rechazar toda implicación directa. Todos los Estados pugnan entre sí en una lucha incesante, sin esperanza de acuerdo ni consideración de un final. Una lucha que va más allá de la guerra directa y que también se libra mediante la subcontratación, la denominada “economía bajo demanda” y el trabajo de profesionales autónomos y empleados temporales, “a veces contratados de forma directa, otras veces a través de plataformas digitales o terceros que hacen las veces de intermediarios”.
Y es que, aunque nuestra época está marcada por las corporaciones multinacionales, los movimientos sociales de masas y los gobiernos dotados de sumo poder, la coincidencia de cambios tecnológicos, sociales y políticos ha llevado a que también sea la época del individuo, y muchos de ellos alquilan sus servicios. Incluso “de la noche a la mañana, el mundo está lleno de personas que parecen estar haciendo el trabajo de los Estados, pero no como empleados directos, ni tampoco por convicción ideológica o apasionamiento patriótico”, sino como contratistas privados, subcontratados: una realidad cada vez más inevitable.
Cada vez más, el espionaje “tiene un carácter más técnico y se basa en satélites, barcos espía, escuchas telefónicas e interceptaciones electrónicas, complementados y hasta eclipsados por el crecimiento exponencial de las comunicaciones celulares y el ciberespionaje”. De hecho, los servicios rusos de inteligencia “recurren con creciente frecuencia a sus camaradas en el hampa, a quienes encargan trabajos de todo tipo, como asesinatos selectivos en Europa o la exfiltración de agentes perseguidos”.
Además, el floreciente sector de la piratería informática es otro ámbito donde se da la subcontratación delictiva, y no solo por parte de los rusos. Lo más seguro es que dicho sector ofrezca el ejemplo perfecto de intersección entre espionaje estatal, subcontratación de entidades corporativas —trátese de compañías legales o de redes criminales transnacionales— y de la “economía bajo demanda”, por la que los individuos hacen “un trabajito por aquí, otro trabajito por allá” (Galeotti, 2023).
A este nivel, y en gran medida, se libra una lucha constante, con la frecuencia y el galope enloquecido de la fuerza de las redes sociales y las pantallas, de la tecnología digital en un mundo profundamente interconectado. Un proceso de escalada de campañas bélicas por el control de las tecnologías digitales que puede desembocar en una conflagración con armas nucleares incluidas, y que ya marca la geopolítica de los viejos y nuevos imperialismos. Estos han aprendido a valorar la experiencia de que, en lugar de la conquista por las bravas, la subversión económica constituye una forma de imperialismo bastante más útil, penetrante y rentable.
Una geopolítica de subversión generalizada que impulsa una economía tecnológica sin ser una sociedad ideológicamente democrática, más bien una sociedad digitalmente autoritaria, de regímenes de vigilancia altamente represivos y tecnofascistas (Zuboff, 2020), de regímenes que se embarcan en actividades ilícitas mediante el (ab)uso de las legítimas estructuras políticas y de gobierno. Una historia geopolítica que confirma el agente de la KGB, Vladímir Putin, quien “en sus años de juventud no habría sido más que la herramienta de un Estado habituado a tratar con grupos armados radicales, que tradicionalmente habían hecho un uso instrumental del fenómeno del terrorismo fuera del territorio nacional contra países rivales o enemigos externos. Pero la implosión de la URSS y el consiguiente caos político que sobrevino a continuación generó el marco y la atmósfera adecuada de confusión para que semejantes tácticas se importaran al territorio nacional y comenzaran a emplearse dentro de las fronteras de la emergida Federación Rusa, heredera de la URSS, con el objetivo de obtener réditos políticos, influir en la opinión pública, suscitar un determinado estado de ánimo o simplemente amedrentar a la población” (Marginedas, 2025).
Tras la experiencia del confinamiento, y después de haber vivido una quinta parte de su vida en Rusia y de haber vagado por infinidad de escenarios bélicos en los que ha participado Rusia, Marginedas decide escribir un libro sobre el régimen de Putin —el nuevo zar de todas las Rusias—: “un régimen sin escrúpulos, capaz de asesinar impunemente a centenares de conciudadanos por interés propio, y que no se ha limitado al interior de la Federación Rusa, sino que ha reverberado a nivel internacional, prolongándose hasta nuestros días”.
Un régimen que no es completamente nuevo, que se opone a la tradición liberal, la cual ponía énfasis, entre otras cosas, en el contractualismo laboral, en la industria a gran escala y en que el gobierno no interviniera en la noción de vida buena de los ciudadanos. Un régimen que tiene por modelo el régimen soviético de Lenin, quien era al mismo tiempo “un ferviente creyente en una ideología cuyo sueño era un mundo sin opresión, miseria, explotación o necesidad, y también un pragmático despiadado que consideraba que todo medio, por muy sangriento que fuese, estaba justificado si servía a la causa”.
Incluso quien tomó el poder en 1917 fue Lenin el pragmático. No importaba “que Rusia no pareciese estar preparada para el socialismo, al carecer de una clase obrera grande y políticamente madura. No importaba que, en su El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx hubiese advertido de que intentar imponer el socialismo por la fuerza en un país aún no preparado para el mismo podría ser contraproducente, conduciendo a un régimen con instintos conservadores, pero toda la energía de la revolución (Stalin le daría la razón). No importaba nada de eso; Lenin vio la oportunidad y retorció su ideología para justificar su aprovechamiento” (Galeotti, 2022), y así crear un Estado policial burocrático que Stalin impuso desde arriba, mediante el terror y con su programa “Socialismo en un solo país”, apoyándose en el viejo dilema de Pedro el Grande, de Catalina la Grande, de Nicolás I, de Alejandro II: modernizar (industrializar) Rusia y mantener al mismo tiempo el poder estatal.
¿Cómo consiguió Stalin resolver este viejo dilema? Según Galeotti (2022), Stalin “entendía el poder a un nivel visceral. Y mantuvo un control firme de la policía política, que en muchos aspectos era el auténtico corazón del Estado”. Es la misma escala de ambición que muestra Putin, un nuevo zar, un “personaje público a menudo perversamente machista”, con un programa “real” para el futuro de Rusia, expresión de su propia hambre de poder: restablecer el poder del Estado ruso, criticando la emergencia de un orden mundial unipolar dominado por Estados Unidos.
Esto lo hizo mediante una línea política “cada vez más agresiva y nacionalista”, pensando probablemente en su legado histórico, como un hombre que primero salvó a Rusia de la desintegración y después, tal como él mismo dijo, se aseguró de que “Rusia ha vuelto a levantarse”. Durante su reinado, Rusia invadió la vecina Georgia (2008), arrebató a Ucrania la península de Crimea (2014), instigó una guerra civil en la región ucraniana sudoriental del Donbás (desde 2014) e intervino en la guerra civil siria (desde 2015). También lanzó una agresiva campaña de inteligencia e intervenciones encubiertas que abarcaban desde un ciberataque masivo contra Estonia (2007) hasta el asesinato de enemigos y desertores en el exterior.
Sin embargo, aunque Putin merece “ser reconocido por haber estabilizado el país y haberle devuelto un papel, antagonista y a menudo petulante, en la escena mundial”, no ha sido “tan criminal como Iván el Terrible o Stalin (el mucho más terrible), ni tan grande (literalmente) como Pedro el Grande. Carece del intelecto fríamente implacable de un Lenin o un Andrópov, o de los delicados instintos políticos de una Catalina la Grande o un Dmitri Donskói”.
Todo ello, concluye Galeotti (2022b), no significa minimizar a Putin, sino ponerlo en su justo lugar. Y eso es lo que hace Marginedas en su libro sobre la Rusia de Vladímir Putin: un Estado patrocinador de terrorismo, una realidad muy incómoda que acaece en este desconcertante siglo XXI. “Un terrorista”, un ex agente de campo del KGB que tiene el poder en Rusia, y que, al frente de la segunda potencia nuclear del planeta, es “un personaje capaz de llevar a cabo actos de terrorismo”, poniendo en duda la legitimidad de su prestigio al enseñarnos cómo funciona la organización del poder social, económico y político de Putin, y de qué manera sus diversos mecanismos han estado siempre presentes en su trayectoria política.
Una trayectoria que reproduce y aprovecha las tendencias del capitalismo neoliberal, deslocalizado, extractivista y cada vez más especulativo. Un capitalismo en el que es un hecho la guerra jurídica, que los regímenes —más o menos autoritarios— utilizan: una guerra conformada y condicionada por las leyes, que trascienden las fronteras nacionales y políticas. Y es que ya está claro que los regímenes están cada vez más interesados en explotar el derecho nacional e internacional para “suprimir las críticas y perseguir a los enemigos políticos. Los pleitos judiciales planteados con abundancia de fondos, muchas veces respaldados por documentos que quizá sean falsos, pero dan la impresión de ser genuinos (pues por algo los ha facilitado el propio Estado), pueden sustituir o, como mínimo, complementar métodos más tradicionales como el secuestro y el asesinato” (Galeotti, 2023).
Putin es un hombre en un país que recién acaba de dejar atrás ocho décadas de economía planificada, y en un siglo en el que tienen lugar varias guerras superpuestas: una en el continente europeo —la guerra de Ucrania, de donde se creía desterrada para siempre— y otras repartidas por el mundo: Gaza, Líbano, Siria, Irán, Sudán, Somalia, Yemen, Etiopía, Birmania, R. D. Congo, Mozambique, la región del Sahel, etc.
Por eso, esta obra de Marginedas trata exactamente de “terrorismo”, en una era de conflictos permanentes de baja intensidad, a menudo soterrados, no declarados e interminables (Galeotti, 2023). Pero, para Marginedas, es una era de altos riesgos que implican amenazas reales para la paz y la estabilidad en Europa y el mundo: los actos de terrorismo de Estado, de guerra, llevados a cabo por el Gobierno de Putin, surgido de las cenizas de la URSS, y que el crimen organizado controla —o más bien, Gobierno y mafia en la Federación Rusa están fusionados en un todo.
Una Federación gobernada con mentalidad y actitudes propias del crimen organizado, y por ello Marginedas la define como “Estado mafia”, que controla una economía oligárquica corrupta, una red mafiosa que expande sus actividades a todo tipo de sectores económicos, y que exporta redes de crimen organizado recurriendo a la manipulación informativa, mediante efectivas técnicas de propaganda y compra de voluntades entre periodistas y políticos. Todo ello ante las complicidades del Gobierno de Putin con los secuestros, el extremismo, el terrorismo y las mafias: actos que el régimen identifica como elementos instrumentales en su pugna contra quienes define como sus verdaderos antagonistas en el mundo —Estados Unidos, la OTAN, la Unión Europea y la democracia liberal— y también como oportunidades para avanzar su agenda y saldar cuentas con exiliados políticos y con la disidencia legítima, que asesina por interés propio.
Actos que están relacionados con las ondas expansivas de los conflictos armados, con el aumento de los gastos militares en defensa, y con la construcción y difusión de discursos instalados en el populismo autoritario y patriarcal. Discursos que se articulan en torno a la denominada “corrección política”, un invento occidental comercializado como despojado de política e ideología por la derecha alternativa o radical, y mediante el cual se enmascaran discursos fascistas y de superioridad racista que recorren Europa, Estados Unidos y Asia. Son discursos construidos desde categorías identitarias que históricamente han fundamentado la injusticia y la opresión —como la raza o la ideología racista— y que, en pleno siglo XXI, continúan teniendo gran relevancia en tiempos de guerra de identidades. Discursos con una alta carga emocional que, además, legitiman los poderes salvajes de los mercados, incitando guerras comerciales entre Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea. Discursos que emergen en una época marcada por la omnipresencia de consultoras empresariales que manejan el conocimiento como producto comercial. Estas exploran temáticas como la centralidad del mercado, la colonización mercantil de la personalidad, las nuevas formas de control y (auto)disciplinamiento, y se presentan como imprescindibles, construyendo una imagen engañosa de su capacidad de crear valor —una capacidad que se (auto)atribuyen— y que contribuye a cambios estructurales propios del management actual: reestructuraciones, recortes de personal o eliminaciones de rangos jerárquicos, desocializando y aislando a trabajadores y empleados en un contexto de promoción de la precariedad. Transforman a los individuos en responsables de sí mismos, en continuo movimiento y adaptación, y de quienes se espera una trayectoria fragmentaria, en diversas empresas o en sus propias (auto)empresas, mediado todo por el interés personal, tras la incorporación de las lógicas neoliberales en los modos de organizar flexiblemente el empleo asalariado, cada vez más equiparado a la esclavitud, al ser lo único aceptable trabajar para uno mismo, como motor imprescindible —en cuanto capital humano— del progreso tecnológico, con los artesanos como paradigma.
Una época donde el poder está ligado a la tecnología como vector de poder económico y político: biotecnología, inteligencia artificial, semiconductores, ciencia espacial y cuántica. Una época que ha creado dispositivos de poder bélico, como la actual industria mundial de drones controlados por inteligencia artificial, que legitima cualquier agresión o guerra ofensiva ejercida sobre cada uno de nosotros y sobre el mundo. Una tecnología que no nos absuelve de la etapa más cruel y violenta de la historia —la colonización— y que la continúa, la perpetúa como neocolonización, promoviendo dinámicas asimétricas que estructuran y vertebran el capitalismo neoliberal, ya sea mediante políticas proteccionistas agresivas (EE. UU.), políticas mercantilistas también agresivas (China) o políticas híbridas (Rusia). Un capitalismo bajo condiciones de exuberancia irracional, de optimismo infundado en los mercados de valores, que clasifica, jerarquiza, excluye, y que ha convertido la sociedad del bienestar en sociedad del malestar: un mundo social altamente hostil donde todo el mundo trata de sobrevivir individualmente, gracias a las tecnologías de la mentira de masas. Un malestar que se manifiesta en una economía globalizada, digitalizada y gentrificada, en una era de contrarrevolución neoliberal en la que ser de derechas se ha convertido en el producto aspiracional más accesible que existe, junto con ser nacionalista, agresivo, cruel y encolerizado —como las agresiones que propina Putin a Ucrania. Una derecha que legitima la guerra de ideas, la guerra ideológica, en una era frenética y febril, con un Pasado Analógico y un Presente Digital, que reduce todo a datos y bulos, y donde todo está disponible y controlable. Un mundo donde la competencia es nuestra forma de organizarnos y, por tanto, la empatía o el goce resultan contraproducentes, porque todo es una lucha constante por los recursos, sean materiales o simbólicos.
Un presente en el que ya no hay misterio, porque todo es negocio y contabilidad empresarial. Todo debe gestionarse como una empresa, convirtiendo la gobernanza empresarial y el benchmarking o evaluación comparativa en modelo de buen gobierno. Esto exige un Estado (o una universidad) que le sirva, que favorezca el mercado, que lo haga crecer, y que requiere también de distintos Estados que compitan por servir a la representación que el capital se hace —y nos hace— de las relaciones humanas: relaciones puramente mercantiles en un mundo colonizado por lógicas tecnológicas de control y eficientistas, formuladas en términos psicológicos e individualizantes, orientadas a los resultados.
Lógicas que una “clase geo-social” (Cagé y Piketty, 2023), en competición feroz por la atención, dota de la misma inexorabilidad que las leyes de la naturaleza, al asumir y extender la creencia generalizada de que no hay alternativa a la aprobación más o menos inmediata de los mercados, bajo la mirada del llamado “Estado evaluador”. Este hace que los distintos agentes económicos, convertidos en meros flujos agregados de la economía, compitan entre sí, estableciendo un sistema de premios y castigos que, finalmente, se traduce en dinero si se satisface al cliente.
Un mundo en el que el 1 % está comprando todo lo que necesitamos para vivir con el dinero que les regalamos a través de estímulos financieros o regalos fiscales. Y es que no debemos olvidar que somos súbditos de imperios que libran una guerra de clases mediante la ideología neoliberal: una ideología que, desde los años ochenta, ha aprendido, asimilado y practicado la idea de que la sociedad está gobernada por un choque de clases perpetuo, por una guerra entre dominados y dominadores.
Una ideología que contiene una racionalidad explícitamente amoral, tanto en lo que atañe a los fines como a los medios. Un proyecto que no promete nada y que impone un mundo fantasmático, un nuevo concepto de justicia, poniendo el énfasis en que la denominada justicia social es una expresión vacía. Esto resulta en la imposición de una nueva idea del derecho, utilizado para mejorar las condiciones del mercado. En otras palabras, se trata de que la racionalidad del mercado moldee la ley, y que la ley facilite el mercado. Una ideología que, “como todas las ideologías, se presenta como no ideológica, a-ideológica, científica, a base de ecuaciones y fórmulas matemáticas”, que atribuye la ingobernabilidad de los países occidentales a un exceso de democracia, y que sostiene que la equidad social es incompatible con la eficiencia económica. Esta última solo sería compatible con la ética del individualismo, es decir, del capital, de su búsqueda de innovación y de la revalorización del capital de las empresas, que juegan un papel activo en la financiarización de la economía a través de procesos de reinversión y rediseño de las organizaciones y estrategias ejecutivas.
Esto explica que “desde el siglo XIX los grandes capitalistas y el ala conservadora del cristianismo han estado unidos por un adversario común: el movimiento obrero, el socialismo ateo y anticapitalista”. Una tradición clave para la Heritage Foundation, según la cual la religión —el fundamentalismo— es esencial para disciplinar a las plebes. Incluso la fascinación mutua que el cristianismo conservador y el neoliberalismo ejercen entre sí reside en que el libre mercado es una auténtica fe, con sus misioneros, sus propios templos (los bancos) y sus mega-churches (los megabancos “too big to fail”). En el libre mercado y en la mano invisible no queda más remedio que creer, como hay que creer en la Trinidad o en la doble naturaleza humana y divina de Jesús” (d’Eramo, 2022), como hay que creer en la fluidificación de la economía, en el aumento de la competitividad y en la intensificación del trabajo.
Incluso el capital humano “es el equivalente moderno del alma”, y el capitalismo es un fenómeno, como decía Benjamin, esencialmente religioso, que los think tanks conservadores y la industria de la consultoría confirman, que resultan ser un aparato ideológico de nuevo cuño, que se sitúan por encima de los aparatos ideológicos tradicionales (escuela, iglesia, adoctrinamiento militar) o incluso más recientes (medios de comunicación, especialmente radio, televisión y hoy las redes sociales). Un aparato que ha provocado la derrota ideológica de la izquierda, provocando incluso que se avergüence de su propia ideología, y ello acaece en un momento que hasta el Pentágono reconoce el valor neurálgico de la ideología, que es, señala d’Eramo (2022), apoyándose en Althusser, una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus propias condiciones reales de existencia, y con una clara función: constituir a los individuos en sujetos sujetados al mercado: un operador del mercado, en su condición de competidor en competencia. El objetivo de la gran contraofensiva neoliberal: la reconquista de la hegemonía ideológica, que se inició en la década de 1970, en sus dos versiones, ordoliberalismo alemán y neoliberalismo estadounidense, que tienen como concepto clave, más que el intercambio, la competencia, no como un dato de la naturaleza, no como situación primordial de la humanidad, sino “como ideal por alcanzar y como condición precaria y difícil de mantener. Lo inherente a la competencia no es ya la igualdad, sino la desigualdad, puesto que en la competencia -en la competición- hay un ganador y un perdedor (pues de lo contrario, ¿qué clase de competición sería?): la competencia no solo se basa en la desigualdad, sino que la crea”. Y, por tanto, en cuanto competidor, cada individuo está considerado como una empresa, una unidad-empresa y el individuo-sujeto es el propietario de sí mismo, es capital, somos o nos constituimos como capital, que obtienen rentas de su propio capital, como empresario-capitalista o trabajador-capitalista. Desde esta perspectiva, la vida humana debe leerse a través de la lente del capital (económico, político, cultural, humano, erótico, etc.)
El texto, “Rusia contra el Mundo” de Marginedas, es importante e iluminador sobre la guerra de ideas que se dirime en plena era digital, que ha convertido el porno (LaBruce, 2025) en la narrativa dominante de la sexualidad, y ha hecho, mediante las ideas neoliberales, una contrarrevolución que la ultraderecha hipermasculinista libra en contra de los dominados, una guerra cultural desatada desde arriba hacia abajo, que lucha por cerrar mediante el uso de las leyes como armas -el lawfare o guerra jurídica, esto es, utilizar el derecho nacional e internacional para suprimir las críticas y perseguir a los enemigos políticos-, la etapa de las revoluciones (d’Eramo, 2022). Una lucha contra las ideas de los súbditos fordistas-tayloristas, que bendecían la ética de la producción y el trabajo. Una guerra ya no bajo el yugo de un poder disciplinario, sino bajo el yugo de la estética del consumo, de la diversión y la promoción del porno como modelo de goce y productividad, de excitación y descarga, que solo lo logra el modelo masculino heterosexual, es decir, el porno hetero que se empieza a consumir a los doce años de media, y con ocho años un 20%, de jóvenes preadolescentes. Una pornocracia, según Dioni (2025), que convierte todo en datos acumulables, sean gemidos, besos, felaciones, masturbaciones, o penetraciones. Una nueva tecnología de poder, un paradigma de poder que ha cambiado de forma análoga al cambio que separa el neoliberalismo del liberalismo clásico. Para usar la taxonomía foucaultiana, señala d’Eramo (2022), la transición del feudalismo al capitalismo industrial “correspondió a una transformación del poder soberano a poder disciplinario: el poder regio era un poder que identificaba al soberano (‘el cuerpo del rey’) y hacía anónimo al súbdito, y era un poder que podía ejercerse sobre las personas en conjunto, y simultáneamente con otros poderes soberanos. El poder soberano del pater familias (el nombre del padre) coexistía con el poder soberano del rey y con el poder soberano del papa”. En contra, el poder disciplinario es un poder que vuelve anónimo al disciplinante, pero identifica al súbdito, al sujeto (a través del informe de vida laboral, el boletín escolar de calificaciones, los antecedentes penales, el historial médico); es un poder total, “en el sentido de que envuelve por completo a la persona sobre quien se ejerce y excluye otros poderes disciplinarios; cuando estás en el colegio no estas en la fábrica, cuando estás en un manicomio no estás en el ejército. Pero es un poder ligado a un lugar (el colegio, el cuartel, la prisión, la fábrica, el hospital) y a un tiempo (la duración del encarcelamiento, la jornada laboral, los meses del servicio militar, etc.)”. Sin embargo, estos poderes disciplinarios están aislados los unos de los otros, el hospicio de la prisión, del hospital, de la fábrica. La unión entre los distintos poderes disciplinarios pasa a través del poder soberano de la familia. Salimos “de la familia para ir al colegio y volvemos a la familia antes de alistarnos y nuevamente a la familia antes de ir al trabajo”.
En cambio, actualmente estamos sometidos a un poder distinto del disciplinario: un poder omnipresente de control a distancia, generalizado, continuo y ubicuo. Lo ejercen sinérgicamente los grandes oligopolios informáticos, las plataformas digitales y los Estados, “y nadie sabe si son los Estados los que espían para los oligopolios o los oligopolios los que interceptan para los Estados, es decir, en un juego en el que cada una de las partes se sirve de la otra” (d’Eramo, 2022). Este poder de control, este capitalismo que Zuboff (2020) denomina capitalismo de vigilancia, reclama “unilateralmente para sí la experiencia humana, entendiéndola como una materia prima gratuita que puede traducirse en datos de comportamiento. Aunque algunos de dichos datos se utilizan para mejorar productos o servicios, el resto es considerado como un excedente conductual privativo (‘propiedad’) de las propias empresas capitalistas de la vigilancia y se usa como insumo de procesos avanzados de producción conocidos como inteligencia de máquinas”, con los que se fabrican productos predictivos que prevén lo que cualquiera va a hacer ahora, en breve y más adelante.
Por último, estos productos predictivos son comprados y vendidos en un nuevo tipo de mercado de predicciones de comportamiento que Zuboff denomina mercados de futuros conductuales. En este sentido, toda nuestra vida se convierte en capital humano, y cualquier producto o servicio “que empieza con la palabra ‘smart’ o ‘personalizado’, cada mecanismo potenciado por internet, cada asistente digital, es simplemente una interfaz en la cadena de suministros para el flujo ininterrumpido de datos de comportamiento”. Así se ha creado —concluye d’Eramo (2022)— y cristalizado una enloquecida asimetría entre los amos del conocimiento de todas nuestras vidas, por un lado, y, por otro, “nuestra ignorancia de haber regalado esta vida, una asimetría que Zuboff (2020) llama un ‘golpe desde arriba’: otra forma en la que se materializa esa revuelta victoriosa de los poderosos contra sus súbditos, sobre la que ya Aristóteles había reflexionado y que vivimos en nuestra piel”. En este marco, no se entiende ninguna relación que no esté basada en el abuso, la dominación y el control: un mundo regido por el darwinismo social, provocado por el rearme de los poderosos que lideran la contrarrevolución neoliberal. Pero, aun así, la guerra de clases, la lucha de clases, todavía no ha concluido.
En cuanto a la estructura, el contenido del libro de Marginedas está organizado en nueve capítulos, con un preámbulo y un epílogo. En el preámbulo se afirma que, antes de que Putin se afianzara en el poder con los atentados de 1999, es “el imperio de las mentiras” el que se instala en la Federación Rusa. Pero, sobre todo, se explica que el libro trata sobre cómo el Estado de Putin es un Estado mafia, “que exporta redes de crimen organizado, redes que se han afianzado en el panorama mundial recurriendo a métodos brutales y absolutamente proscritos en las relaciones internacionales, como son la connivencia, el apoyo y la manipulación del fenómeno del terrorismo internacional, participando incluso en tomas de rehenes y atentados”.
Un Estado con una maquinaria bélica vulnerable a los misiles ucranianos, con una estrategia fundamentada en prejuicios políticos, no en hechos sobre el terreno. Como afirma Galeotti (2022a), parece evidente que la operación Ucrania 2022 era una estrategia inicial pergeñada por Putin y su círculo íntimo, en el que nadie contaba con auténtica experiencia militar y en el que todos creyeron —o no se atrevieron a contradecir— la suposición, completamente equivocada, de que los ucranianos carecían de espíritu combativo.
Putin denominó la invasión “operación militar especial”, no guerra, aunque no por motivos de propaganda, sino porque así era como la concebía. Se trataba más bien de una intervención policial: arrestar a Zelenski y a su ejército “neonazi”, imponer un régimen títere y pasar una semana o dos acallando pequeñas resistencias y dispersando algunas manifestaciones. Quizá la mitad occidental del país, al otro lado del río Dniéper, no aceptaría el nuevo orden, pero la mayoría de Ucrania, desde su punto de vista, caería con rapidez. Sin embargo, el hecho es que Putin tiene todo un país movilizado contra su “operación especial”. Entonces, la verdadera pregunta “es durante cuánto tiempo y a qué coste Moscú está dispuesto a continuar esta campaña fútil y autodestructiva”. Es posible que Putin “llegue un día a aceptar la derrota, lo cual sería su último y definitorio acto como líder”. Pero, tras haberse comparado “con figuras históricas como Pedro el Grande, Putin se arriesga a parecerse a Nicolás II, el último zar, que pensó que la Primera Guerra Mundial podía ser la oportunidad de renovar la legitimidad para él y su régimen, pero que acabó llevando a su país a una contienda que no podía ganar y se condenó a sí mismo y a su dinastía”.
El primer capítulo, “Accidentes de tráfico, carreteras mortales y privilegios de castas”, introduce una de las temáticas más lacerantes en la Rusia de Vladímir Putin: los abusos que generan dramas personales cada año. “Los accidentes de tráfico en los que se ven involucrados empresarios, políticos y personajes famosos o mediáticos a bordo de potentes vehículos de gama alta que circulan por calles y carreteras violando los límites de velocidad y saltándose sin pudor las reglas de tráfico; accidentes que se han convertido en una fuente permanente de polémicas y controversias en Rusia desde la universalización del coche como vehículo de transporte personal en los años noventa, propiciados por la disolución de la URSS”.
Accidentes que, dada la inoperancia de la policía y del sistema judicial, constituyen un ejemplo doloroso de cómo la corrupción permite a la casta de privilegiados infringir con total impunidad las normas de tráfico vigentes. Incluso los privilegios en las calles y carreteras no son un tema anecdótico o marginal en la Rusia de Putin. Todo lo contrario: “establecen una traza muy reveladora sobre el tipo de sociedad que se ha gestado en el país después del colapso de la URSS, recuperando hábitos de la época zarista, cuando predominaban las enormes desigualdades sociales y el imperio estaba gobernado por una indolente y egoísta aristocracia, tal y como denuncian multitud de intelectuales rusos”. Estos privilegios refuerzan la tesis de que Rusia “no es un país completamente moderno y que, en algunos aspectos, todavía predomina una sociedad arcaica”, en la que una élite vive literalmente de espaldas a la mayoría de los ciudadanos.
El segundo capítulo, titulado “Periodistas y corresponsales fake”, aborda los tratos del régimen de Putin con la prensa internacional, los métodos que emplean las autoridades de Moscú para ganarse las simpatías y el apoyo de reporteros e influencers de renombre, con miles de seguidores en redes sociales, y las estrategias utilizadas para recibir coberturas favorables en los principales medios de comunicación y plataformas digitales occidentales. Métodos y estrategias de desinformación que poseen asombrosas similitudes con los de la URSS estalinista de los años treinta, en relación con los terribles sucesos de la gran hambruna ucraniana provocada artificialmente por el poder soviético entre 1932 y 1934. Hambruna tipificada por numerosos países como genocidio o acto de exterminio, en la que perecieron entre tres y doce millones de personas, y cuya negación fue eficazmente promovida por la propaganda soviética y la captación de medios y periodistas.
Esta circunstancia ha empoderado al régimen de Putin para continuar con dichas políticas estalinistas y no escatimar recursos para influir en los medios de comunicación mundiales. Incluso la confusión sembrada en las opiniones públicas occidentales sobre la autoría de los bombardeos con armas químicas en la guerra civil siria —confusión que aún perdura en muchos debates en Europa y Estados Unidos— será, sin duda, material didáctico a estudiar en las facultades de Ciencias de la Información en el futuro.
Además, posee extraordinarios paralelismos con lo sucedido en Ucrania en los años treinta: “negacionismo a toda costa pese a las abrumadoras evidencias, el uso de nombres consagrados del periodismo para silenciar los hechos o el empleo de los servicios secretos para desacreditar a los periodistas independientes”.
El tercer capítulo, titulado “Las tres guerras de Putin”, expone que Chechenia, Siria y Ucrania son las tres guerras de Putin: tres crímenes de guerra, unidas por un cordón umbilical e iniciadas bajo una misma justificación —recuperar para Rusia el estatus de superpotencia imperial que un día detentó la URSS—, recurriendo a las mismas tácticas militares, cometiendo los mismos crímenes, con las mismas ofensivas e incursiones, diseñadas por los mismos oficiales y ejecutadas por los mismos actores.
Más allá de los bombardeos deliberados contra objetivos civiles, si hay una característica fatal que vincula y une estas tres guerras gemelas lanzadas por Putin desde el inicio de su mandato, es el recurso sistemático de las tropas federales rusas y de las milicias paramilitares adscritas al Estado ruso a las operaciones de castigo colectivas contra localidades o poblaciones determinadas. Durante estas incursiones punitivas se destruyen propiedades, se asesina o desaparece a decenas de personas sin relación alguna con grupos armados, y se cometen violaciones sexuales, saqueos y mutilaciones arbitrarias.
Por otra parte, las contorsiones semánticas del vocabulario oficial del Kremlin al definir sus ofensivas militares “también forman parte del mínimo común denominador existente entre las tres guerras de Putin”. Si la guerra en Ucrania, según el argot de Putin, es una operación militar especial para desnazificar el país eslavo, en Chechenia las hostilidades se iniciaron bajo la etiqueta de operación antiterrorista destinada a acabar supuestamente con el extremismo islámico. Una definición que, un decenio y medio después, durante la intervención militar en Siria en apoyo al régimen de Ásad, se transformó en operación humanística. Con ello, los dirigentes del Kremlin buscan un triple objetivo: consolidar a la opinión pública rusa en torno a una lucha contra un enemigo simple —ya sea de ideología nazi o de carácter extremista islámico—, restar legitimidad a la oposición armada, y enviar un mensaje a la comunidad internacional.
El cuarto capítulo, “Envenenamiento, el método predilecto del Kremlin para el crimen perfecto”, presenta el carácter estatal del envenenamiento de Alekséi Navalni, el líder más conocido de la oposición rusa. De hecho, acabar con la vida de opositores, disidentes, desertores y traidores políticos mediante el envenenamiento tiene una larga tradición, no solo en la Rusia de Putin, sino también durante el periodo soviético. Este método ofrece al poder en el Kremlin ventajas sustanciales frente a vías más convencionales de asesinato, como los accidentes de tráfico o el uso de armas de fuego. La primera ventaja es la negación plausible: si la operación tiene éxito, no deja evidencias ni rastro. Además, si el envenenamiento ocurre dentro de las fronteras rusas, se convierte en un crimen perfecto, ya que la investigación se remite a instituciones oficiales que supervisan el propio programa de envenenamiento, lo que significa que el investigador acaba investigándose a sí mismo. En consecuencia, la Rusia de Putin no ha hecho más que revitalizar un programa al que la URSS dedicó grandes esfuerzos y recursos.
El quinto capítulo, “Rusia, el Estado-mafia”, expone a Rusia como un Estado-mafia, donde gobierno y organización criminal están fusionados. Esta configuración se remonta a la época de los zares, cuando el bandidismo estaba muy extendido y la inseguridad de los caminos dificultaba los viajes en un país de semejantes dimensiones, favoreciendo los asaltos y robos. La aparición de profesionales del crimen que siguen determinadas tradiciones y normas de conducta surgió en los campos de concentración de presos, conocidos como gulags. La desintegración social y económica provocada por el colapso de la Unión Soviética empujó a antiguos funcionarios gubernamentales y a veteranos de las últimas guerras soviéticas a unir fuerzas con el crimen organizado.
Con la privatización, la clase criminal rusa adquirió un perfil más empresarial y llegó a controlar sectores clave de la economía, como el bancario. Es en este contexto cuando aparece Vladímir Putin, acompañado por el Servicio Federal de Seguridad, que se convierte en instrumento de influencia política y refleja la universalización de la seguridad, una de las precondiciones para la armamentización de todas las cosas.
El sexto capítulo, titulado “Voces que agradan al Kremlin en España”, continúa desarrollando cómo Rusia ha recurrido a ministros y altos funcionarios para promover sus narrativas y ganar partidarios en Occidente. En España, figuran nombres como José Manuel García-Margallo, Pedro Baños, Rubén Gisbert, Arturo Pérez-Reverte, Augusto Ferrer-Dalmau y Pablo Iglesias, quienes —mediante un tipo de poder incisivo— distorsionan la atmósfera política del sistema democrático español con el objetivo de engañar, confundir o dividir a la audiencia y a la opinión pública. Un objetivo claramente propagandístico en apoyo a la línea política del Kremlin, desmontando las acusaciones de brutalidad contra la Rusia de Putin.
El séptimo capítulo, “Rusia, paraíso de excesos y estafas urbanísticas”, plantea que la corrupción en Rusia no es un problema, sino un negocio. Muestra cómo las pugnas urbanísticas reflejan una lacerante injusticia que deben afrontar muchos habitantes de la Federación Rusa a diario: la voracidad sin límites de la especulación urbanística en ciudades y regiones rusas, y el consiguiente desamparo de los ciudadanos ante el empuje de las potentes empresas del gremio y los intereses inmobiliarios. De hecho, explica Marginedas, Rusia es una cleptocracia, “con una economía que encaja con la definición de ‘capitalismo clientelista’, un sistema en el que el éxito en los negocios depende de la proximidad de los emprendedores o empresarios con el poder político”. Esto concede a las compañías políticamente bien posicionadas privilegios como el acceso prioritario a contratos públicos, capacidad de influir en su favor en los procesos legislativos, y favoritismo en el reparto de subvenciones gubernamentales y beneficios fiscales.
El octavo capítulo, “Rusia y Siria, terrorismo de Estado”, trata sobre los procesos de cooperación e infiltración de los servicios secretos rusos en grupos terroristas como la Fracción del Ejército Rojo en Alemania Occidental, ETA o GRAPO en España, el IRA en Irlanda, o el régimen de Bashar al-Ásad en Siria. Incluso en conflictos más recientes, como el enfrentamiento armado entre Hamás e Israel, se apunta a una estrecha cooperación de Rusia con grupos armados que operan en Oriente Próximo y que han sido tipificados en Occidente como organizaciones terroristas. Marginedas explica que la gestión que realizaba Putin en su juventud no era más que la de un agente de un Estado habituado a tratar con grupos armados radicales, que tradicionalmente había hecho un uso instrumental del terrorismo fuera del territorio nacional contra países rivales o enemigos externos. Pero la implosión de la URSS y el consiguiente caos político que sobrevino “generó el marco y la atmósfera adecuada de confusión para que semejantes tácticas se importaran al territorio nacional y comenzaran a emplearse dentro de las fronteras de la emergida Federación Rusa, heredera de la URSS, con el objetivo de obtener réditos políticos, influir en la opinión pública, suscitar un determinado estado de ánimo o simplemente amedrentar a la población”.
El noveno capítulo, titulado “A la caza del periodista y el cooperante: secuestros y ataques de precisión”, enlaza directamente con la guerra de Ucrania, en la que Putin sigue considerando a cooperantes y periodistas como testigos molestos que deben ser amedrentados. También conecta con la historia del secuestro y cautiverio de Marc Marginedas en Siria, definido como una auténtica prueba de resiliencia, y que motivó su solicitud al director de El Periódico para ser enviado a Rusia, país en el que ya había trabajado como corresponsal durante cuatro años y medio a finales de los años noventa y principios del siglo XXI. Una decisión profesional “que, dado el papel preponderante que había estado jugando el Kremlin en la guerra de Siria, tenía la virtud adicional de mantenerse en el mismo ámbito informativo que antes del secuestro”.
El Epílogo, titulado “La Rusia de Putin… ¿Estado terrorista?”, constituye la conclusión de Marginedas sobre las implicaciones del modo en que Putin enfrentó el llamado “terrorismo checheno”, lo que derivó en una serie de hechos de extrema brutalidad y gravedad ocurridos en Rusia: “el asesinato de tres centenares de sus conciudadanos, convertidos en material de desecho por el Estado que debía protegerlos, con el objetivo de lanzar, bajo falsas premisas y manipulando a la propia opinión pública, una sangrienta guerra que acabaría diezmando a la minoría chechena, perseguida de forma recurrente en el gigante euroasiático desde la época de los zares”. Estos hechos convertirían posteriormente a Putin en presidente vitalicio de Rusia, iniciándose entonces “una cadena de audaces acciones emprendidas por el Kremlin y destinadas, por un lado, a consolidar la tradicional relación de sometimiento y vasallaje entre el poder político y los ciudadanos en el interior de Rusia, y por otro, a mermar la legalidad internacional hasta cotas no vistas en el último siglo, desafiando en ambos casos los principios de la decencia humana”.
Hasta antes de su pobre actuación en Ucrania, “era fácil tomar la Rusia de Putin al pie de la letra como una sociedad militarizada que apoya a un guerrero global, contundente y seguro de sí mismo, paladín de la nación”. Sin embargo, Rusia —pionera en tantos aspectos del uso de métodos de guerra asimétricos y encubiertos para complementar el combate regular— se enfrenta ahora “al dilema de cómo superar las amenazas no convencionales”. Ucrania la está superando en la guerra de la información, y las fuerzas de seguridad interna no pueden detener la campaña de subversión antibélica en el interior de Rusia. La contienda conlleva el regreso de cada vez más bajas. Por ello, aunque el Kremlin ha sometido a presión a los últimos medios periodísticos independientes, no podrá amordazarlos para siempre, sobre todo en la era de las redes sociales. Por otro lado, el conflicto también traerá consigo, como consecuencia de las sanciones occidentales, inflación, desempleo y carestía. Estas dos fuentes de malestar podrían combinarse de forma impredecible y peligrosa (Galeotti, 2022a).
Ignasi Brunet Icart
Universitat Rovira i Virgili
Ignasi.brunet@urv.cat
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