La cuestión judía o la cuestión Israel-Palestina o el odio a Israel

Antisemitismo. El eterno retorno de la cuestión judía. Madrid: Catarata Alejandro Baer (2025)

Los diez mitos de Israel. Madrid: Akal Pappé, Ilan. (2024)

“Antisemitismo. El eterno retorno de la cuestión judía” es un libro de introducción al antisemitismo en sus diversas formas históricas con el objetivo de aportar claves para reconocer las expresiones contemporáneas de esta forma de odio, de discriminación que vincula a los judíos con el poder y el dinero (Herzog, 2014). Libro escrito por Alejandro Walter Baer Mieses, doctor en sociología (Universidad Complutense de Madrid, 2003), y activista político y especialista en estudios de memoria histórica, violencia y estudios judíos contemporáneos. Alejandro Baer ha sido catedrático de Sociología y director del Center for Holocaust and Genocide Studies en la Universidad de Minnesota (2012-2022), y actualmente es investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, editor asistente de Disparidades. Revista de Antropología, y forma parte de la Delegación Española de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto. Ha publicado varios libros, como “Holocausto: recuerdo y representación”, “El testimonio audiovisual: imagen y memoria del Holocausto”, y “Medios de comunicación, consumo informativo y actitudes políticas En España”.

El libro que reseñamos de Alejandro Baer, más que una historia del antisemitismo, es un “recorrido sintético por sus principales mitos, códigos, justificaciones y las ideologías en las que ha encontrado cobijo y funcionalidad” el antisemitismo de nuestro tiempo. Un libro en que se despliega la cuestión judía, la vigilancia de los intereses de la población judía, y que ha hecho posible “la legitimidad del Estado de Israel -y su supervivencia-; la relación de judíos de la diáspora con este Estado y su condición de minorías en las sociedades en que son ciudadanos; la pregunta sobre las diferentes e incluso mutuamente excluyentes lecciones del Holocausto”; pregunta que acompaña las distintas olas de pogromos crudelísimos y la persecución de los judíos, de antisemitismo, de una actitud hostil hacia ellos (Ettinger, 2022).

¿Cómo se modula la cuestión judía, el problema judío?, distinguiendo, señala Baer, entre antisemitismo y antisionismo, aunque en la práctica hay un importante solapamiento entre los dos términos, pues “una cosa es cuestionar la idea sionista y el proyecto de un Estado judío y otra promover la destrucción de un Estado habitado por casi diez millones de ciudadanos”. Incluso la marca distintiva del antisionismo no es la crítica “a las acciones de los gobiernos del Estado de Israel. Tampoco es antisionismo abogar por una solución de dos Estados y defender el derecho de autodeterminación del pueblo palestino. Los antisionistas consideran que este Estado es ilegitimo, nunca debió de ser creado, reedita los crímenes nazis y por tanto debe desaparecer. En torno al antisionismo convergen movimientos e ideologías muy dispares, uniendo a parte de la izquierda con el extremismo islámico y la ultraderecha nazi”. En esta transformación del sionismo en arquetipo del mal resuenan los ecos de un prejuicio milenario: el prejuicio antisemita. Esto se verifica como después del 7 de octubre de 2023 las líneas que pudieran haber distinguido el antisemitismo del antisionismo se difuminaron aún más. Así lo acredita “la intensa ola de hostilidad antijudía que recorrió Occidente, Free Palestine no es un lema inocente cuando este aparece como grafiti en las puertas de una sinagoga o colegio judío. Tampoco es trivial marcar viviendas de familias judías o comercios con estrellas de David y su inclusión en listas de sionistas que deben ser boicoteados”.

De hecho, las ondas expansivas del conflicto de Oriente Próximo “no se traducen solamente en agresiones y amenazas que trastocan la vida judía tomando colegios, sinagogas y centros comunitarios en espacios cercados por muros de protección y constante vigilancia. También crece en Occidente una espiral de silencio que levanta otro tipo de muros, no visibles, entre judíos y no judíos. En la medida en que el sionismo se ha vuelto un obstáculo para el progreso humano, también somete a los judíos nuevamente a una mirada censora. Se les exige, otra vez, reformarse y cambiar. El judío bueno, el que es alabado por serlo, es quien reniega del Estado de Israel. De esta manera reproduce, una vez más, una vieja oposición entre el particularismo judío ‘atrasado’ y el universalismo cristiano ‘progresista’, pero ahora puesto al servicio de nuevos proyectos políticos. En los debates contemporáneos sobre los judíos e Israel reaparecen antiguos hábitos de pensamiento, a menudo sin ninguna conciencia histórica por parte de quienes los articulan”.

Estos son los contornos en que se modula la cuestión judía, después del 7 de octubre: el antisemitismo, que se combate en términos de antisionismo, pues los prismas mediante los cuales se mira a Israel y Palestina son parte del antisemitismo, parte de la cuestión judía contemporánea: el antisionismo, la racionalización del antisemitismo, definido como principio negativo, una amenaza al orden (moral, social o nacional…). En este sentido, ya no es preciso emplear la palabra judío, sino la palabra sionista, para “producir mensajes inequívocamente antisemitas”, el arraigado sustrato cultural antijudío no es algo del pasado, relativo a los nazis, al nacionalcatolicismo o al contubernio judío masónico, etc. El antisemitismo emerge, rebrota en la cuestión Israel-Palestina, como emblema de propaganda antisemita del extremismo musulmán, “de una ideología totalizadora y estructuralmente antisemita”, una ideología fascista que incita a matanzas generalizadas, una vez más, de una amalgama de “israelíes-sionistas-judíos”.

En cuanto a la estructura, el contenido del libro de Alejandro Baer está organizado en una introducción, y seis capítulos. Una introducción que denomina ““El retorno de la cuestión judía” es una introducción al antisemitismo, término que se ha consolidado para definir la hostilidad, la discriminación, prejuicios o la violencia contra los judíos”. Término, por otra parte, equívoco, pues no existen razas, pueblos o religiones semitas. Hay lenguas semíticas (el arameo, el hebreo, el árabe, entre otras) y este nombre lo eligieron filólogos en el siglo XIX inspirándose en el nombre Sem, uno de los tres hijos de Noé en los relatos genealógicos del libro bíblico del Génesis. El término semita como sinónimo de judío aparece también en el siglo XIX al calor de las teorías seudocientíficas sobre las jerarquías raciales. Según estas, “los judíos, como semitas, tenían rasgos físicos y psíquicos incompatibles con las poblaciones arias o indoeuropeas”.

Esta introducción expone, también, en sus distintas formas históricas el antisemitismo con el objetivo de situar históricamente el sionismo, que la propaganda antisemita atribuye el genocidio de lo que denominan “los nuevos judíos”: los palestinos, al asociar Israel como arquetipo o epítome del mal más radical. Al igual que en el pasado “con los términos judaísmo y judío, hoy el termino sionismo es un vocablo connotado negativamente en el lenguaje político. Y el antisionismo emerge como su antídoto, Pero, ¿qué es realmente el sionismo? Se trata de un movimiento de autodeterminación y afirmación de la voluntad política del pueblo judío de crear un hogar nacional en (o en parte) del territorio del Israel histórico. La idea del retorno es consustancial a la tradición judía y durante siglos hubo movimientos migratorios entre la diáspora y la Tierra de Israel. El sionismo desarrolló un proyecto nacional sobre esta idea a finales del siglo XIX en pleno auge del antisemitismo y como respuesta de quienes presagiaban, como sucedió, tiempos todavía más oscuros para los judíos en Europa. El sionismo tuvo y tiene diferentes corrientes: laico o religioso, socialista o liberal, entre otros, y comprende posiciones pragmáticas y posibilistas y otras más intransigentes, como refleja el mapa político del Israel actual. Hoy el vínculo con el Estado de Israel y el apoyo a su continuada existencia, con independencia de las fronteras que una futura resolución del conflicto determine, es un elemento central de la identidad judía post-Holocausto. Lo es obviamente para los judíos israelíes, pero también para la diáspora -aquellos judíos que viven fuera de Israel-. Este lazo entre Israel y los judíos de la diáspora comprende todo tipo de sensibilidades y de posturas políticas”. Por esto, el conflicto de Israel y Palestina “ha situado a los judíos (los de Israel y la diáspora) en un lugar de hipervisibilidad global. Conferir centralidad simbólica a los judíos no es siempre antisemita, pero sí expone a judíos reales en los conflictos políticos en curso. Las comunidades judías están actualmente atrapadas en un fuego cruzado entre el antisionismo de izquierdas y el sionismo instrumental de las derechas nacionalpopulistas. El conflicto y la defensa de judíos o palestinos se han convertido también en munición electoral”.

El primer capítulo, “El antijudaísmo cristiano”, se apoya en la historiografía del antisemitismo a efecto de hacer una distinción temporal entre el antagonismo cristiano a la religión judía (antijudaísmo), es decir, la tradición antijudía en el cristianismo y la hostilidad secular a los judíos como pueblo “y luego ‘grupo racial’ que surge en la Europa moderna (antisemitismo propiamente). El antisemitismo tiene sus raíces en el antijudaísmo cristiano y este ha pervivido como una estructura cultural de la que han bebido todas las expresiones de odio contra los judíos a lo largo de la Historia”. Entonces, las críticas al dogma cristiano, al mito del deicidio, a la creencia histórica de que el pueblo judío en su conjunto fue responsable de la crucifixión de Cristo (y no los romanos que lo ejecutaron como opositor a la ley romana), es un puntal del antijudaísmo en la época moderna, que la secularización ni la modernización hacen que desaparezca la hostilidad antijudía. Esta transmuta y se recicla conservando estructuras y motivos. Pero “el antijudaísmo tradicional, de corte religioso, también va a coexistir con sus variantes modernas, intacto y literal en sus antiguos ropajes”, incluso el mito del deicidio no solo sobrevive al Holocausto, sino que sirve de relato explicativo del sufrimiento judío, y como no también “de la tradición popular del antijudaísmo cristiano”.

El segundo capítulo, “Antisemitismo: de la Ilustración al Holocausto”, aborda la continuidad del antisemitismo, como en la cuestión judía moderna seguía y sigue operando la matriz de la cultura antijudía cristiana, traduciéndose al lenguaje político en la era moderna, en la que se producen grandes transformaciones, en el ámbito económico, surge la sociedad mercantil y la industrialización capitalista, y en el ámbito político, las revoluciones burguesas van a transformar la sociedad de estamentos y privilegios feudales en una sociedad de ciudadanos soberanos sobre sí mismos, libres e iguales en derechos y deberes. ¿Por qué, se pregunta Baer, persiste el antisemitismo? Persiste porque hay un sendero, no recto sino sinuoso, que va de la Ilustración a la solución final, al exterminio nazi. Incluso, responde Baer, el odio a los judíos se seculariza, aunque el antijudaísmo cristiano “seguía funcionando como una matriz inagotable de atribuciones hostiles (conspiraciones, deslealtad intrínseca y la posesión de un enorme poder a pesar del número pequeño que representaban)”. De hecho, igualmente, “el trato de los cristianos a los judíos proporciona modelos para la política antijudía en el siglo XX”, como se verifica en los nacionalsocialismos. Así, si los teólogos habían definido el judaísmo como esencialmente anticristiano ahora pasará a ser primero antisocial, antimoderna, antiliberal (para los ilustrados) y antinacional después, la reencarnación de la odiada modernidad liberal, los “modernos modélicos” que socavaban desde dentro la base espiritual y comunitaria de la sociedad a través del capitalismo, el socialismo, la ciencia o la democracia parlamentaria (para los reaccionarios conservadores, y posteriormente para los nacionalsocialistas).

La valorización negativa va a permanecer intacta, así como simbolización del judío como antítesis del orden social o moral o racial. Los ilustrados retrataron a los judíos como un pueblo atrasado y supersticioso. Incluso Kant, el filósofo que exalto la razón y el padre de la ética moderna, denunciaba el tribalismo judío que impedía el amor más allá de su propio pueblo y vacilaba sobre si era posible convertir a esta nación de “estafadores palestinos” en ciudadanos productivos. Incluso “esta última referencia en la frase de Kant remite a una característica especifica del antisemitismo en el período que abarca desde el siglo XVIII al Holocausto; la deseuropeización de los judíos y su categorización como orientales o asiáticos”. Así, “vete a Palestina” fue un insulto antisemita común a Inglaterra y Alemania a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Más adelante, inversamente, se “resituará a los judíos nuevamente en Occidente al calificar el Estado de Israel como un ente colonial y a sus ciudadanos como usurpadores de una tierra que pertenece a otros. El antisemitismo a lo largo de su historia extraterritorializón a los judíos -siempre foráneos no bienvenidos- asignándoles siempre al lugar que representaba el reverso antagónico. En la Europa de la Ilustración ese lugar era el Oriente retrogrado, tribal y salvaje. Dos siglos más tarde, en el discurso antisionista, el judío es visto como la encarnación del Occidente opresor frente al Oriente prístino del nativo romantizado”.

Un antisemitismo racista que a la largo del siglo XX y XXI va a combinar elementos de las seudo teorías raciales con elementos reciclados y secularizadas de viejas doctrinas teológicas sobre la depravación y perfidia judía, tal y como se observa en los llamados “los Protocolos de los Sabios de Sión”, uno de los ejemplos más notorios y persistentes de la propaganda antisemita, y un componente central en la ideología del partido nazi. Por otra parte, el nacionalsocialismo se proyectó también como movimiento anticapitalista. La crítica al capitalismo pivotaba sobre una falsa dicotomía entre la esfera de la producción y la del capital. El capitalismo odiado no era el del trabajo productivo y la industria, sino el de los parásitos: el dinero y las finanzas, los especuladores y los banqueros. En definitiva, “como repetían los ideólogos del nacionalsocialismo, era un capitalismo judío”, y la guerra auspiciaba “un último combate contra este ente diabólico, mezcla de ser infrahumano racialmente inferior y sujeto sobrehumano, en que solo cabía su exterminio”.

El arraigado sustrato cultural antijudío conllevó, históricamente, diferentes respuestas: 1) la asimilación. La respuesta al antisemitismo es la asimilación a una identidad nacional, la defensa decidida a la integración en una determinada sociedad nacional, pero su imposibilidad real, la imposible asimilación dará origen al sionismo, al definir que la respuesta al antisemitismo es exclusivamente una cuestión de acción política judía; 2) el socialismo. Muchos judíos abrazaron los ideales socialistas y comunistas a comienzos del siglo XX como emancipación alternativa al antisemitismo, pero “pocos imaginaron que estos ideales luego iban a ser pisoteados por regímenes totalitarios bajo los que también fueros perseguidos; 3) el sionismo, que constituye la tercera vía elegida por muchos judíos en respuesta al antisemitismo. El movimiento sionista y la emigración fue ganando adeptos a medida que aumentaba la persecución de los judíos en Europa en las primeras décadas del siglo XX. Una pequeña minoría judía vivió de forma casi continua en este territorio por casi 2.000 años, pero fueron las sucesivas oleadas migratorias las que “hicieron que hubiera nuevamente una presencia judía significativa en este territorio”.

El capítulo tercero, “Antijudaísmo en el islam y el antisemitismo islamista”, aborda el lugar del judaísmo en la historia del islam y el antisemitismo islamista en la era moderna y contemporánea y específicamente del conflicto israelí- palestino. De hecho, los judíos han sido parte del mundo musulmán durante quince siglos. En la época medieval. Entre los siglos VII y XV, la mayoría de los judíos vivían bajo el dominio musulmán. La idea de una edad de oro, una utopía interreligiosa judeo-musulmana en la España islámica y en otros lugares en la Edad Media, ha sido calificada con razón de mito, porque pasa por alto el estatus jurídico inferior de los judíos durante esa época, al igual que episodios de conflicto y penuria. Sin embargo, también seria falso “reducir la historia de los judíos en tierras musulmanas a una narrativa de hostilidad incesante o afirmar que el antisemitismo actual en el mundo árabe-musulmán representa una continuación de catorce siglos de opresión”. Por tanto, hay suficientes elementos para entender el papel de los judíos en los textos de la tradición islámica y en un orden político que permitió tanto la coexistencia armoniosa con los judíos como brotes de violencia en contra de los judíos, aunque, en la segunda mitad del siglo XX, “la cuestión judía cobra un protagonismo sin precedentes en el mundo árabe-islámico y en las diásporas musulmanas occidentales”. De hecho, el antisemitismo islamista es previo a la existencia del Estado de Israel, “pero es con el conflicto israelí-palestino cuando se produce su apogeo. No cabe duda de que la desposesión, la ocupación militar de Cisjordania o la devastación de Gaza han generado un clima propicio para la propagación del ideario islamista entre la población palestina, pero sería una simplificación situar aquí su causa”.

El antisemitismo islamista “tiene una lógica autónoma que no se disipa ante concesiones o acuerdos. Como mostró el rechazo de Hamás a los Acuerdos de Oslo (los pactos entre Israel y bla OLP de 1993) y a otros planes de paz que desde entonces estuvieron sobre la mesa de negociaciones, más bien se reafirmaría en sus postulados maximalistas. El ideario tóxico del islamismo continúa alimentando la violencia, la radicalización y el terrorismo en Oriente Medio. Junto a el auge del mesianismo religioso en la sociedad israelí, es un desafío permanente a la paz y la estabilidad en el territorio que habitan palestinos y judíos entre el río Jordán y el mar Mediterráneo”. Pero también es importante subrayar que el antisemitismo islamista rebasa este ámbito geográfico. La fusión del antijudaísmo religioso “con las teorías de conspiración y libelos de corte europeo ha influido en grupos como el ISIS, Al-Qaeda u organizaciones salafistas (una corriente del islam suní que llama a una estricta obediencia del Corán y el resto de escrituras sagradas) en los países occidentales. Estos se han inspirado en gran medida en la cosmovisión antisemita y la militancia violenta de los Hermanos Musulmanes, justificando los ataques contra los judíos como parte de su yihad global”.

El capítulo cuarto, “Europa después de Auschwitz: del antisemitismo soviético a las nuevas derechas”, se adentra en las nuevas formas de antisemitismo posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con atención especial (1) al antisemitismo secundario o de rechazo de culpa en Alemania, un antisemitismo sin (apenas) judíos y antisemitas, (2) a la estigmatización y persecución antijudía en el bloque soviético que transmuta el término sionista en un código con el que los judíos van a ser acusados de doble lealtad y perseguidos como apátridas o agentes occidentales, agentes antagonistas y tenebrosos del orden socialista soviético, y(3) el ambivalente filo/antisemitismo de las nuevas derechas populistas, pero este ambivalente filo/antisemitismo no es equiparable al extremismo musulmán que ha sido la fuente de la violencia más letal contra la comunidad judía en las últimas dos décadas. A esto se suma “que la ola de antisemitismo que se ha desatado después del 7 de octubre de 2003 ha generado en las comunidades judías europeas (y en todo el mundo) una percepción aún más estrecha de destino compartido con el Estado de Israel (y viceversa). Pero no cabe duda de que esta israelización de la diáspora puede conducir a una miopía en lo que respecta a las formaciones de extrema derecha, cuando sus planteamientos y discursos incendiarios y excluyentes son minimizados o relegados a un segundo plano de prioridades. Son los sectores más liberales y progresistas en las comunidades quienes advierten de que este abrazo de la extrema derecha no está falto de peligros”.

El capítulo quinto, “El antisemitismo en la izquierda occidental: blanquitud, colonialismo y la inversión del Holocausto”, expone los ángulos ciegos en la izquierda antirracista respecto al antisemitismo, que han hecho de este no solo no se identifique, sino que se haya extendido especialmente en los ámbitos activistas y universitarios. De hecho, la cultura woke “tuvo un impacto importante en la lucha de las mujeres -el movimiento Me Too- y en el racismo antinegro o la islamofobia -donde el control del lenguaje ha sido extremo-, pero no parecía tener vigencia cuando se trataba de los judíos. Percibidos como blancos o de raza blanca, como miembros de un grupo religioso únicamente y como una minoría exitosa -económica y educativamente-, los judíos ocupan un espacio liminal dentro de los binarismos que constituyen las relaciones raciales contemporáneas estadounidenses y europeas. Una vez aceptada la premisa de que los judíos eran blancos, entonces no podían sufrir de prejuicios, discriminación o injusticia de la misma manera. En tanto que privilegiados, el antisemitismo quedaba fuera de la conversación”. En consecuencia, el antisemitismo en la izquierda se produce no a pesar de una autocomprensión antirracista, sino por una significativa distorsión de la mirada antirracista que “ha categorizado a los judíos como blancos y, en consecuencia, como parte del sistema de opresión (en Europa y Estados Unidos) y de colonialismo (en Israel y Palestina). El antisionismo oficial de la URSS había recurrido a elementos similares (tercermundismo, antiimperialismo, antirracismo) y hay continuidad tanto en las retóricas como en las alianzas (por ejemplo, con regímenes autoritarios o teocrático). En el momento actual, sin embargo, el antisionismo ha penetrado de forma mucho más intensa en la cosmovisión de la izquierda occidental dando lugar a lo que se ha definido como un “mainstreaming global del antisemitismo”. Se trata de un antisemitismo negado y a la vez normalizado, “al expresarse ante un discurso que ignora o minimiza el antisemitismo islamista, el cual es percibido en amplios sectores progresistas como un mero epifenómeno de la ira justificada contra Israel”. En este sentido, estamos en una extrema izquierda “que cierra un ojo ante el oscurantismo religioso del yihadismo porque considera que estos grupos libran una lucha justa contra el imperialismo occidental y contra el Estado de Israel. Pero incluso quienes condenan la violencia tienden a ver en el yihadismo una mera reacción a los errores de Occidente. Una comprensión más amplia de la visión islamista del mundo suele brillar por su ausencia”.

El capítulo sexto y último, “España, siglo XXI: entre el viejo y el nuevo antisemitismo”, se desarrolla la naturaleza singular del antisemitismo español, que arrastra prejuicios ancestrales y a su vez enlaza con sus formas más ancestrales. Incluso en la España del siglo XXI se dan cita de forma simultánea y transversal “muchos de los mitos y estructuras argumentativas tradicionales, desde las teorías de la conspiración a la inversión del Holocausto. Y al mismo tiempo, la tenaz negación del problema”, a consecuencia de la ausencia de una reflexión crítica sobre el antisemitismo lo que hace que sus efectos sigan presentes, ya sea “en forma de prejuicio activo o de incapacidad de identificarlo”, y que tiene que ver con la mutación más significativa del antisemitismo. Mutación que ha consistido en la adaptación del imaginario antijudío en torno al mito construido sobre la figura demonizada del sionismo. De esta manera, en Europa occidental especialmente, un antisemitismo latente adoptaba el ropaje antiisraelí o antisionista, “precisamente porque la memoria del Holocausto levantó barreras contra las formas más explícitas de antisemitismo. En España, sin embargo, este nuevo antisemitismo se seguía pareciendo mucho al antiguo. Aquí la memoria del Holocausto es débil y el antisemitismo se expresa sin filtro”. Así, la negación del antisemitismo como problema y al mismo tiempo “naturalización” o “normalización” de la hostilidad “antijudía son componentes básicos y específicos del caso español”. Un caso que se asocia también a la diáspora sefardí. El topónimo Sefarad es el nombre “del país actual España y la lengua española se llama sefaradity. De ahí viene también que se llame sefardíes a los judíos de la península ibérica y a sus descendientes”. En la Edad Media y en el siglo XVI, “varios intelectuales sefardíes contribuyeron a difundir la creencia de que los judíos estaban asentados en Sefarad desde la época de la destrucción del templo de Jerusalem por Nabucodonosor II. Ese discurso venía a dar prestigio y solera a sus propios orígenes, pero además se utilizó como argumento contra uno de los lugares comunes del antijudaísmo religioso: la acusación de que los judíos eran responsables de la muerte de Jesucristo. Contra esa idea argumentaban que los judíos de Sefarad descendían directamente de los que se asentaron en la península ibérica en el siglo VI a. C., y por tanto era imposible que fueran descendientes de aquellos judíos que, en el siglo I d. C., participaron en Palestina en la muerte de Jesucristo” (Díaz-Mas, 2023).

“Los diez mitos de Israel” es un relato de Ilan Pappé sobre el tema de la ocupación de Palestina por parte de Israel, y lo hace desde la denominada perspectiva colonial de pobladores. Perspectiva que explica acontecimientos “como la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza, el Proceso de Oslo y la desconexión de Gaza en 2005 son todos ellos parte de la misma estrategia israelí de quedarse con la mayor cantidad posible de Palestina, con la menor cantidad posible de palestinos. Los medios para lograr este objetivo han cambiado con el tiempo y aun no se ha completado. Sin embargo, es el combustible principal que alimenta el fuego del conflicto”, y es el fundamento moral del sionismo, definido como un proyecto colonizador exitoso “de pobladores, que aún no se ha completado. Palestina no es enteramente judía demográficamente, y aunque Israel la controla políticamente por diversos medios, el Estado de Israel todavía está construyendo nuevas colonias en Galilea, el Néguev y Cisjordania para aumentar el número de judíos allí, desposeyendo a los palestinos y negando el derecho de los nativos a su tierra natal”.

Proyecto que se creó, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se permitió, afirma Ilan Pappé, que el sionismo se convirtiera en un proyecto colonialista en un momento en que el mundo civilizado rechazaba el colonialismo, porque la creación de un Estado judío ofrecía a Europa, y en particular a Alemania Occidental, una salida fácil a los peores excesos del antisemitismo nunca vistos. Israel fue el primero en declarar su reconocimiento de ‘una nueva Alemania’ y a cambio recibió gran cantidad de dinero, pero también, lo que era mucho más importante, carta blanca para convertir a toda Palestina en Israel. El sionismo se ofreció a sí mismo como la solución al antisemitismo, pero se convirtió en la razón principal de su presencia continua. El ‘acuerdo’ tampoco logró desarraigar el racismo y la xenofobia que todavía bullen en el corazón de Europa y que produjeron el nazismo en el continente y un brutal colonialismo fuera de él”.

Ese racismo y esa xenofobia se vuelven ahora contra los musulmanes y el islam; dado que están íntimamente relacionados, argumenta Ilan Pappé, con la cuestión Israel-Palestina, enraizada “en algo mucho más difícil de vencer: la colonización”, que se puede describir como el desplazamiento de europeos a distintas partes del mundo, creando nuevas naciones ‘blancas’ allí donde los pueblos indígenas tuvieron alguna vez sus propios regímenes. Estas naciones solo se podían crear si los colonos empleaban dos lógicas: la lógica de la eliminación -deshaciéndose por todos los medios posibles, incluido el genocidio, de los pueblos indígenas- y lo lógica de la deshumanización -considerando a los no europeos como inferiores, que por lo tanto no merecen los mismos derechos que los colonos-. En Sudáfrica esas dos lógicas gemelas condujeron a la creación del sistema del apartheid, fundado oficialmente en 1948, el mismo año que el movimiento sionista aplicó las mismas lógicas para poner en marcha una operación de limpieza étnica en Palestina”. Limpieza justificada y legitimada en basa a tratar mitologías, falacias como verdades, que impiden entender los orígenes del conflicto Israel-Palestina. De hecho, el relato histórico sionista de cómo esa tierra disputada se convirtió en el Estado de Israel se basa en un conjunto de mitos que sutilmente “arrojan dudas sobre el derecho moral de los palestinos a la tierra. La corriente dominante de las élites mediáticas y políticas occidentales acepta ese conjunto de mitos como una verdad incuestionable, y también como la justificación de las acciones israelíes durante los últimos sesenta años, poco más o menos. Y con mucha frecuencia, la aceptación tácita de esos mitos sirve como explicación de la inhibición de los gobiernos occidentales y de su negativa a intervenir de forma significativa en un conflicto que se mantiene desde la fundación de Israel”.

El libro de Ilan Pappé desafía diez mitos -o grupos de mitos-, construidos sobre relatos ficticios que fundamentan el actual Estado de Israel. Libro escrito por uno de los denominados “Nuevos Historiadores” israelíes que han tratado de revisar la historia del Estado de Israel, que quiere el fin inmediato de la guerra entre Israel y Palestina, que es crítico con el sionismo, que distingue entre judaísmo y sionismo, entre el Israel como refugio de judíos perseguidos y el Israel genocida de Netanyahu, que no identifica a todo el pueblo judío con la causa del sionismo, exponiendo que el antisemitismo que está recorriendo Europa, solo tiene una causa posible: el Estado de Israel y el Gobierno sionista israelí con su política de limpieza étnica, de anexionismo ilegal, de desplazamientos colectivos, de control total de los civiles palestinos, de delirios genocidas de sangre y tierra.

Delirios que están llevando el gobierno de Netanyahu en Gaza y Cisjordania, y es que “las atrocidades cometidas por los combatientes de Hamás el 7 de octubre de 2023 dieron a Israel la oportunidad de poner en marcha dos grandes proyectos: el primero es un proyecto imperialista de hegemonía regional que forman parte loa ataques militares a Líbano, Siria e Irán. El segundo es un proyecto colonialista contra los palestinos -no solo los de Gaza, sino también los que viven bajo la ocupación militar en Cisjordania y los palestinos que son ciudadanos de segunda clase en Israel- mediante la erosión de sus derechos civiles” (Algazi, 2025). Delirios que se inspiran en las leyes raciales que se aplicaron en el sur de Estados Unidos tras la guerra de sucesión; pero también, señala Altares (2025), “en la limpieza de sangre de España durante la Edad Moderna. Tras los pogromos que asolaron las comunidades judías de Castilla y Aragón al final de la Edad Media y la expulsión en 1492 de judíos por los Reyes Católicos, que provocaron conversiones masivas, comenzando, así, la separación profunda entre los cristianos viejos y los nuevos, ya que cualquier indicio de ser judaizante era muy peligroso”. Pappé es también crítico de la alianza de Israel con Estados Unidos que se inició después de la guerra de 1967, al ver Washington y el “lobby judío estadounidense” a Israel como un socio crucial en una región estratégica, llena de reservas de hidrocarburos y en donde la URSS iba proyectando su influencia.

Ilan Pappé es profesor de historia en la Universidad de Exeter, Reino Unido, y codirector del Centro Exeter de Estudios Etno-Políticos y activista político. Anteriormente fue profesor de ciencias políticas en la Universidad de Haifa y director del Instituto Emil Touma de Estudios Palestinos de Haifa. Ilan Pappé es autor de varios libros, como “La Limpieza Étnica de Palestina”, “El Oriente Medio moderno”, “Una historia palestina moderna: una tierra, dos pueblos”, y “Gran Bretaña y el conflicto árabe-israelí”. El libro que reseñamos está organizado en tres partes, la primera, “Las Falacias del Pasado”, está compuesto por seis capítulos; la segunda parte, “Las falacias del Presente”, está compuesto por tres capítulos, y la tercera parte, “Mirando hacia el Futuro”, contiene un único capítulo. El libro contiene, además, una conclusión y un posfacio. No debemos entonces olvidar que el libro de Pappé desafía las falacias construidas sobre el “pasado y el presente de Israel y Palestina que impiden entender los orígenes del conflicto”. Concretamente, nos explica la desinformación y distorsión histórica que promueve y justifica la opresión y protección de un régimen de colonización y ocupación: el denominado Estado de Israel, construido en base a un conjunto de mitos.

El primer capítulo, “Palestina era una tierra vacía”, expone Palestina tal como era en vísperas de la llegada del sionismo a finales del siglo XIX. El mito es la representación de Palestina como una tierra vacía, árida, casi desértica, que fue cultivada, casi por vez primera, por los sionistas recién llegados. El contraargumento revela una próspera sociedad preexistente que experimentaba procesos acelerados de modernización, secularización y nacionalización. Una sociedad árabe, principalmente musulmana, predominantemente rural, pero con vibrantes centros urbanos a lo largo de la costa, en las llanuras interiores y en las montañas. El segundo capítulo, “Los judíos eran un pueblo sin tierra”, va de la mano con la afirmación de que Palestina era una tierra sin gente. Pero ¿eran los colonos judíos un pueblo? se pregunta Ilan Pappé, es decir, ¿si eran los judíos verdaderamente los habitantes originales de Palestina que merecían ser apoyados de todas las maneras posibles en su “retorno” a su “patria”? El mito insiste en que los judíos que llegaron en 1882 eran los descendientes de los judíos expulsados por los romanos alrededor del 70 d. de C. El contraargumento cuestiona esta conexión genealógica. Conocidas investigaciones académicas han demostrado que muchos judíos de la Palestina romana permanecieron en el territorio y se convirtieron primero al cristianismo y luego al islam. Quiénes eran esos judíos retornados es todavía una pregunta abierta, quizá los jázaros, que se convirtieron al judaísmo en el siglo IX. O tal vez la mezcla de razas durante más de un milenio excluye cualquier respuesta a tal pregunta. Y es que, para Ilan Pappé, en el periodo presionista la conexión entre las comunidades judías en el mundo y Palestina era religiosa y espiritual, no política. La asociación del regreso de los judíos con la estatalidad, antes del surgimiento del sionismo, era un proyecto cristiano hasta el siglo XVI y después una variante protestante especifica (en particular, anglicana). Por tanto, es el mundo cristiano, en su propio interés y en un momento dado de la historia moderna, el que apoyó la idea de los judíos como una nación que algún día debía regresar a Tierra Santa. Este retorno formaría parte supuestamente del plan divino para el final de los tiempos, junto con la resurrección de los muertos y la segunda venida del Mesías. Y es que las turbulencias ideológicas y religiosas de la Reforma a partir del siglo XVI produjeron una clara asociación, especialmente entre los protestantes, entre la noción del fin del milenio y la conversión de los judíos y su regreso a Palestina.

El tercer capítulo, “El sionismo es lo mismo que el judaísmo”, examina detalladamente el mito que equipara al sionismo con el judaísmo (por lo que el antisionismo solo se puede entender como antisemitismo, como así lo hace Alejandro Baer). Ilan Pappé refuta esa ecuación mediante una evaluación histórica de las actitudes judías frente al sionismo y un análisis de la manipulación sionista del judaísmo por razones coloniales y, más tarde, estratégicas. De hecho, el sionismo fue originalmente una opinión minoritaria entre los judíos. Al argumentar que los judíos eran una nación vinculada a Palestina y a la que, por lo tanto, había que ayudar para que regresara a ella se tuvo que recurrir a los funcionarios británicos y más tarde al poder militar. Los judíos y el mundo en general no parecían muy convencidos de que se tratara de un pueblo sin tierra, incluso en la actualidad se deben de apoyar en la Biblia para justificar su derecho a la tierra de Israel: una promesa bíblica. El cuarto capítulo, “El sionismo no es colonialismo”, analiza la afirmación de que no hay conexión entre el colonialismo y el sionismo, que es un movimiento colonial de pobladores, que está motivado por un deseo de apoderarse de la tierra en un país extranjero, pero que aún no se ha completado. Según este mito el sionismo es un movimiento de liberación nacional, mientras que el contraargumento lo enmarca como un proyecto colonialista, de hecho, colonizador, similar a los vistos en Sudáfrica, las Américas y Australia. La importancia de esta refutación es que refleja qué pensamos sobre la resistencia palestina frente al sionismo y luego frente a Israel. Si Israel es solo una democracia que se defiende, entonces las organizaciones palestinas como la OLP son puramente terroristas. Si por el contrario su lucha es contra un proyecto colonialista, entonces forman parte de un movimiento anticolonialista y su imagen internacional será muy diferente de la que Israel y sus seguidores imponen a la opinión pública mundial.

El quinto capítulo, “Los palestinos abandonaron voluntariamente su país en 1948”, repasa las mitologías asociadas a 1948, y en particular muestra que la historiografía profesional ha desmentido con éxito la afirmación de la huida voluntaria de los palestinos, sino una consecuencia de una limpieza étnica israelí, que es cualquier acción de un grupo étnico destinado a expulsar a otro grupo entico con el fin de transformar una región étnicamente mixta en otra pura. Por eso es tan importante reconocer los eventos de 1948 como una operación de limpieza étnica, y una muestra de la naturaleza colonialista del movimiento sionista. Una limpieza que no se puede justificar de ningún modo como un “castigo” por rechazar un plan de paz de la ONU que fue diseñado sin ninguna consulta con los propios palestinos. El sexto capítulo, “La guerra de junio de 1967 fue ‘imposible de evitar’”, se plantea si la fuera de 1967 le fue impuesta a Israel y fue, por tanto, imposible de evitar. Ilan Pappé afirma, por el contrario, que formaba parte del deseo de Israel de completar la conquista de Palestina que casi se había logrado en la guerra de 1948. La planificación para la ocupación de Cisjordania y la Franja de Gaza comenzó en 1948 y no cesó hasta la oportunidad histórica ofrecida por una imprudente decisión egipcia en junio de 1967. Además, las medidas israelíes inmediatamente después de la ocupación demostraban que Israel anticipó la guerra más que verse involuntariamente obligada a ella. El séptimo capítulo, “Israel es la única democracia en Oriente Medio”, nos aboca al presente, a nuestra actualidad. ¿Es Israel un Estado democrático o una entidad no democrática? Ilan Pappé defiende esta última opción examinando el estatus de los palestinos dentro de Israel y en los territorios ocupados (que juntos constituyen casi la mitad de la población gobernada por Israel).

El octavo capítulo, “Las mitologías de Oslo”, expone el proceso de Oslo, y es que, después de casi un cuarto de siglo desde la firma del acuerdo, tenemos una buena perspectiva sobre los fallos relacionados con el proceso y podemos preguntarnos si fue un acuerdo de paz que falló o una estrategia israelí exitosa para profundizar la ocupación. El noveno capítulo, “Las mitologías de Gaza”, aplica una perspectiva similar del anterior capítulo. Un mito ampliamente aceptado de que la miseria de la gente de Gaza se debe a la naturaleza terrorista de Hamás. Ilan Pappé disiente de esta lectura y presenta otra interpretación de lo que ha sucedido en Gaza desde el final del siglo XX. El décimo capítulo, “La solución de dos Estados es la única forma de avanzar”, en contra es la forma de no lograr una paz justa en Israel y Palestina. Por esto, la solución de dos Estados desafía para Ilan Pappé el mito de que la solución de dos Estados es el único camino a seguir, ya que hay excelentes obras de activistas y académicos que critican esta fórmula y plantean soluciones alternativas. De hecho, la solución de dos Estados se basa, aunque sea indirectamente, en la suposición de que Israel y el judaísmo son la misma cosa. Por eso Israel insiste en que lo que hace, lo hace en nombre del judaísmo, y cuando sus acciones son rechazadas por gente de todo el mundo, la crítica está dirigida únicamente contra Israel, sino también contra el judaísmo. Con esta argumentación, Israel no dejará de ser un Estado fundado por un movimiento colonial de pobladores, lo que seguirá determinando su ADN político y su carácter ideológico. El resultado es que, “por mucho que tienda a presentarse como la única democracia de Oriente Medio, es y seguirá siendo una democracia solo para los ciudadanos judíos”; un Estado basado en el apartheid.

Ilan Pappé concluye su valiente y polémico libro, afirmando que “la única salida a este conflicto es la instauración en Israel de un régimen que garantice iguales derechos a toda la población, del Jordán al Mediterráneo, y posibilite el retorno de los refugiados palestinos. Nada más podrá acabar con este círculo vicioso de derramamiento de sangre”. Sobre esta base, en la proclamación del Estado de Israel, se decía que “el Estado de Israel estará abierto a la inmigración judía y al regreso a él de los judíos dispersos por el mundo; aportará todos los esfuerzos para desarrollar el país en beneficio de todos sus habitantes. Se basará en los fundamentos de libertad, justicia y paz, de conformidad con los ideales de los profetas israelitas, que han encontrado su expresión en los libros bíblicos. El realizará la plena igualdad de derechos social y política de todos sus ciudadanos sin distinción de religión, raza o sexo. Garantizará la libertad de religión y conciencia, el derecho a usar el idioma nativo y el derecho a la educación y la cultura. Protegerá los lugares santos de todas las religiones y será fiel a los principios de la Carta de la Organización de Naciones Unidas”, y esto se efectuará sobre la unidad de la historia judía y de su herencia: el renacimiento nacional judío.

Ignasi Brunet Icart

Universitat Rovira i Virgili

Ignasi.brunet@urv.cat

Referencias

Algazi, G. (2025). Enterrar la cuestión palestina bajo los escombros de Gaza. Los Estados que conceden la impunidad a Israel -en su mayoría del norte global- son cómplices de su guerra colonialista y de los desplazamientos masivos. Si sostienen a Netanyahu es porque el colonialismo no es cosa del pasado. El País, 20 de julio.

Altares, G. (2025). Vox resucita la limpieza de sangre. El País, 11 de julio.

Díaz-Mas, P. (2023). Breve historia de los judíos en España. Madrid: Catarata.

Ettinger, S. (2022). Ensayo de Historia del Pueblo Judío. Guadalajara: Ediciones Silente.

Herzog, B. (2014). La sociología española y el antisemismo: Entre prejuicios pasados y clave civilizatoria. Política y Sociedad, 51(3).